Cuando habló del trato inhumano que reciben los migrantes, se le quebró la voz.
Era de noche y una brisa tenue del mar perfumaba el patio de Manresa Loyola en Santo Domingo.
Frente a nosotros, la religiosa mexicana María de los Dolores Palencia, CSJ, recorría con sus palabras la historia de tantos hombres y mujeres migrantes que llegan al Albergue Decanal Guadalupano, en México, donde ella acompaña un servicio que, en esencia, consiste en devolver la dignidad a seres humanos heridos, cansados y muchas veces rotos.
Su trabajo silencioso de acompañar al prójimo es una de las mejores maneras de comprender qué significa ser sinodal.
La palabra sínodo proviene del griego sínodos, que puede traducirse como “caminar juntos” o “hacer el mismo camino” (syn, juntos; hodos, camino).
Durante tres días, convocados por la CVX-RD, un grupo de laicos de República Dominicana nos reunimos para dialogar sobre ese estilo de vida que constituye la sinodalidad.
El encuentro fue facilitado por Pablo Mella, S.J., y por la hermana Dolores Palencia, quien tuvo el privilegio histórico de ser la primera mujer en presidir una Asamblea de Obispos en los veinte siglos de historia de la Iglesia.
El Papa Francisco la designó personalmente como Presidenta Delegada de la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos.
La sinodalidad como camino compartido
Sin embargo, si tuviera que escoger una sola palabra para describir a Dolores, elegiría humildad.
No llegó al encuentro para ofrecernos respuestas acabadas ni para presentarse como una especialista que conoce todas las claves de la sinodalidad.
Su propuesta fue sencilla y, al mismo tiempo, exigente: “el verdadero estilo sinodal consiste en vivir en comunidad los procesos cotidianos, poniendo a Cristo como brújula.
El camino sinodal está marcado por la conversión que es un don a desear y pedir”, comentó.
Dolores suele repetir una frase del Papa Francisco que sintetiza, a su entender, el sentido profundo de la sinodalidad: “Escucha de Dios, hasta escuchar en Él el clamor del pueblo; escucha del pueblo, hasta respirar en él la voluntad de Dios”.
En ella, lo sinodal comienza por los gestos.
Durante el encuentro me dijo algo que todavía conservo: “Tengo un especial amor por Cuba.
María de los Dolores Palencia y su servicio a los migrantes
Rezo por ustedes, los cubanos, para que su realidad pueda ser diferente”.
No fue una declaración política ni una reflexión académica.
Fue, sencillamente, la expresión de alguien que ha aprendido que escuchar también significa cargar en el corazón las preocupaciones y esperanzas de otros.
Ante mi inquietud sobre cómo había aprendido a escuchar, volvió a sobrepasarme con las mieles de su respuesta: “La escucha es un don, no se alcanza por uno mismo.
La forma correcta es pedirle a Dios; no depende solo de ti”.
Quizás allí se encuentre una de las claves de la sinodalidad: reconocer que no podemos caminar juntos si antes no aprendemos a escuchar.
Y que la escucha auténtica no consiste únicamente en oír palabras, sino en abrir espacio al otro, dejarse interpelar por su realidad y descubrir, en medio de ella, aquello que Dios quiere mostrarnos.
El testimonio de humildad de la religiosa mexicana
Con la muerte del Papa Francisco no debemos desanimarnos quienes creemos en su impulso sinodal.
El camino no termina con la desaparición de quien lo promovió con tanta fuerza.
Personas como Dolores Palencia nos recuerdan que la sinodalidad no es solamente un proceso eclesial ni una metodología para organizar reuniones.
Es, sobre todo, una manera de vivir.
Los gestos concretos de amor hacia las periferias —esa hermosa expresión con la que Francisco se refería tantas veces a los lugares donde habitan los pobres, los excluidos y quienes sufren— son los que terminan haciendo visible el verdadero espíritu sinodal.
Al escuchar a Dolores aquella noche, supe que la mejor definición de una mujer sinodal no está en un nombramiento eclesial, sino en una persona capaz de detenerse ante el dolor de otro, escucharlo y acompañarlo.
Una mujer que camina con los demás.
Escuchar a Dios y al pueblo en la vida cotidiana
Una mujer para los demás.
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