No tenemos selección nacional a la que seguir ni himno propio que esperar.
Sin embargo, bastaron unos cuantos partidos del Mundial para que el país se incorporara, como millones de personas en todos los continentes, a esa inmensa conversación global que cada cuatro años convierte al fútbol en un idioma compartido.
Las preferencias dominicanas parecen repartirse, en primer lugar, entre las selecciones latinoamericanas.
Argentina , Brasil , México y Colombia despiertan afinidades culturales y emocionales difíciles de explicar con estadísticas.
Cuando ellas quedan fuera, la simpatía suele desplazarse hacia España, un vínculo tejido por la historia, la lengua y una liga que durante décadas ha entrado cada fin de semana en los hogares dominicanos.
Quizá porque el fútbol no se limita a ganar o perder.
Es la combinación casi perfecta de estrategia , inteligencia , disciplina y despliegue físico.
Exige imaginación para crear espacios, paciencia para esperar el momento oportuno y solidaridad para que el talento individual solo brille cuando sirve al equipo.
Por eso el Mundial seduce, incluso, a quienes nunca pisan una cancha.
Nos recuerda que las grandes victorias rara vez son obra de un héroe solitario.
Se construyen con preparación , confianza mutua y la capacidad de entender que, en la vida como en el fútbol, nadie llega muy lejos jugando solo.
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