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Politica

El dilema de Occidente con Turquía

El rápido auge de China, la invasión rusa de Ucrania y la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán han convertido la rivalidad geopolítica en la principal fuerza que configura la economía mundial.

El cambio de rumbo del presidente Donald Trump respecto a políticas estadounidenses arraigadas desde hace tiempo ha agravado esa incertidumbre, lo que ha obligado tanto a los gobiernos como a las empresas a desenvolverse en un panorama estratégico cada vez más complejo.

La cumbre de la OTAN celebrada recientemente en Ankara reflejó esta nueva realidad, demostrando cómo los imperativos geopolíticos y de seguridad pueden prevalecer sobre otros importantes objetivos políticos.

En ningún lugar resulta más evidente esa disyuntiva que en la relación de Occidente con el país anfitrión de la cumbre.

Turquía ha sido durante mucho tiempo un aliado de la OTAN infravalorado y un puente económico vital entre Europa y Oriente Medio.

Aunque sus vínculos con la OTAN y Occidente se han debilitado en los últimos años, la posición estratégica única del país lo convierte en indispensable para la alianza.

Situada a caballo entre Europa y Asia, Turquía ocupa una de las encrucijadas geopolíticas más trascendentales del mundo.

Su control del Bósforo, que une el mar Negro con el Mediterráneo, la convierte en la guardiana de la principal ruta marítima de aguas cálidas de Rusia hacia el resto del mundo.

Turquía también limita con Armenia, Azerbaiyán, Bulgaria, Georgia, Grecia, Irán, Irak y Siria, al tiempo que comparte la costa del Mar Negro con Bulgaria, Georgia, Rumanía, Ucrania y Rusia.

Con una población de casi 88 millones de habitantes y el segundo ejército más grande de la OTAN, es una potencia regional de primer orden.

En el ámbito económico, se ha convertido en uno de los principales centros de fabricación y logística de la región.

Tras mantenerse neutral durante casi toda la Segunda Guerra Mundial, Turquía se alineó firmemente con Occidente al incorporarse a la OTAN.

Posteriormente se convirtió en miembro asociado de la Comunidad Económica Europea —precursora de la actual Unión Europea— y, finalmente, solicitó la adhesión plena.

El proceso de adhesión cobró impulso tras la victoria electoral en 2002 del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) de Recep Tayyip Erdoğan, pero las negociaciones se prolongaron durante años y quedaron prácticamente estancadas a partir de 2017.

Gran parte del retraso puede atribuirse a la reticencia de la UE a seguir adelante, a medida que se han intensificado las preocupaciones por el retroceso democrático bajo el mandato de Erdoğan.

El gobierno cada vez más autoritario de Erdoğan también ha tensado las relaciones con Estados Unidos, aunque Trump parece mucho menos preocupado por ello que sus predecesores.

En 2019, la primera Administración de Trump bloqueó la venta de cazas estadounidenses F-35 a Turquía después de que el país adquiriera el sistema de defensa aérea ruso S-400, ya que los responsables estadounidenses temían que la posesión de ambos sistemas por parte de Turquía pudiera proporcionar a Rusia valiosa información de inteligencia sobre el F-35.

La segunda administración de Trump ha adoptado un enfoque marcadamente diferente, siguiendo adelante con los planes de vender motores a reacción por valor de más de 700 millones de dólares para el programa de cazas KAAN de Turquía, al tiempo que ha manifestado su disposición a reconsiderar la venta de los F-35.

La adquisición del S-400 simbolizó la política exterior independiente de Turquía y su voluntad de mantener estrechos vínculos tanto con Occidente como con sus principales rivales.

A medida que las relaciones con EE.

UU.

y la UE se volvían cada vez más tensas, Erdoğan siguió cultivando vínculos con el presidente ruso, Vladímir Putin, al tiempo que suministraba drones a Ucrania.

Más recientemente, Erdoğan ha criticado duramente la guerra de Irán y, según Trump, incluso se planteó entrar en el conflicto contra Israel.

Esta ambigüedad estratégica, junto con las opiniones económicas poco convencionales de Erdoğan —sobre todo, su repetida afirmación de que las subidas de los tipos de interés provocan inflación—, ha coincidido con un marcado deterioro de la situación económica de Turquía.

Hace dos décadas, el país era considerado por muchos como uno de los mercados emergentes más prometedores del mundo, especialmente tras las reformas radicales introducidas por el exministro de Economía Kemal Derviş tras la crisis financiera de finales de la década de 1990.

Bajo el mandato de Erdoğan, sin embargo, los resultados económicos han sido decididamente irregulares.

El crecimiento ha sido, en general, sólido durante las últimas dos décadas, respaldado por importantes mejoras en las infraestructuras y la rápida expansión de la industria de defensa y otros sectores manufactureros.

Pero ese crecimiento ha venido acompañado de repetidos ciclos de auge y caída, episodios de inflación muy elevada y una inestabilidad macroeconómica recurrente.

Aunque la inflación ha descendido drásticamente desde que alcanzara un máximo del 85 % en 2022, tras un importante programa de estabilización, la economía sigue lastrada por retos persistentes, entre ellos la volatilidad del tipo de cambio y el debilitamiento de las exportaciones.

Las guerras de Ucrania e Irán han supuesto tanto una bendición como una carga para la economía turca.

Si bien Turquía se ha beneficiado del desvío de negocios procedentes de otras partes de Oriente Medio y del aumento de las exportaciones de equipamiento militar, las perturbaciones en los mercados energéticos mundiales y la mayor volatilidad de los precios de las materias primas han hecho que la inflación sea más difícil de contener.

En los años previos a la cumbre de la OTAN de este mes, la UE y otros aliados occidentales se habían mostrado recelosos con Turquía debido a los ataques de Erdoğan a las instituciones democráticas, su estrecha relación con Putin y sus dudosas políticas económicas.

Sin embargo, a medida que crecía la importancia estratégica de Turquía, muchos aliados de la OTAN comenzaron a dar mayor importancia a la cooperación en materia de seguridad y defensa.

La cumbre puso de relieve ese cambio, con Trump elogiando profusamente a Erdoğan, mientras que los aliados europeos se abstuvieron en gran medida de criticar públicamente la trayectoria interna del líder turco.

Estos cambios ponen de relieve el reconocimiento de la importancia estratégica de Turquía y su papel económico fundamental en una región cada vez más inestable, y también resumen el dilema al que se enfrentan las democracias occidentales: algunos de los países más cruciales para la seguridad transatlántica se encuentran entre los que más se alejan de las normas democráticas.

Si se les presiona demasiado, podrían entrar en la órbita de rivales como China y Rusia.

Si se les presiona muy poco, la erosión de las instituciones democráticas podría acelerarse, socavando tanto los valores que Occidente pretende defender como su credibilidad a la hora de defenderlos.

Conciliar estos imperativos contrapuestos resulta extraordinariamente difícil, como están descubriendo los líderes de la UE y la OTAN.

Sin embargo, hacerlo será crucial no solo para preservar la credibilidad de Occidente, sino también para aprovechar todo el potencial de Turquía como aliado estratégico y socio económico.

Execonomista jefe del Banco Mundial y exdirectora gerente adjunta primera del Fondo Monetario Internacional, es profesora investigadora sénior de Economía Internacional en la Escuela de Estudios Internacionales Avanzados de la Universidad Johns Hopkins y miembro sénior del Centro para el Desarrollo Internacional de la Universidad de Stanford.

Derechos de autor : Project Syndicate, 2026.

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