La obra de Manuel Puig dirigida por Orestes Amador demuestra la madurez escénica del país y su conexión con temas universales
La puesta en escena de ‘El beso de la mujer araña’ durante el Fenate 2026, con Vicente Santos y Yasser Michelén bajo la dirección de Orestes Amador y producción de Juancito Rodríguez, trasciende la cartelera local y se posiciona como un referente de la escena teatral dominicana contemporánea.
La obra de Manuel Puig, que encierra a un militante revolucionario y a un hombre que encuentra en el cine un modo de sobrellevar el encierro, permitió a los intérpretes desplegar un duelo actoral que silenció el ruido exterior en la Sala Ravelo. Michelén entrega un Molina creíble desde el respeto, cuidando la feminidad del personaje sin reducirla al chiste y mostrando una urgencia de cariño atravesada por el miedo al desprecio. Santos responde con idéntica solvencia al recorrido de Valentín, de la aspereza a la fragilidad, con una dureza que impacta cuando el personaje enferma y depende de quien antes desdeñaba.
La química entre ambos es el motor del montaje: los choques y la atención distinta que empiezan a prestarse transforman el vínculo y obligan a Valentín a reconocer cuánto necesita a ese hombre que sus prejuicios no le dejaban conocer. Los relatos de películas que Molina elige revelan sus ansias y el tipo de amor que sueña, mientras Valentín cuestiona esos modelos pero tarda en aplicar la crítica sobre sí mismo: concibe una sociedad distinta y, aun así, vigila cómo ha de comportarse un varón.
El texto invita a mirar cómo Molina se nombra en femenino, una autopercepción que propone una lectura de su identidad sin necesidad de resolverla con una etiqueta impuesta desde el presente. Su deseo convive con esquemas tradicionales de pareja y con la necesidad de ser reconocido tal como quiere ser visto. El trato con Valentín pone en jaque las categorías con que ambos ordenaban su universo.
La escenografía mínima —camas, utensilios, agua y pocas pertenencias— vuelve palpable la convivencia y obliga a seguir frente al otro tras cada discusión. La iluminación acompaña el salto entre la celda y las películas narradas, y Orestes Amador logra un tono que resultó dominicano, consolidando una propuesta que trasciende fronteras y dialoga con temas universales.











