En el vertedero de La Rusa, en Santo Domingo Este, Amado García, de 50 años, mantiene viva una práctica ancestral que desafía la modernidad y el avance urbano, un fenómeno que refleja la brecha energética y social de República Dominicana.
Mientras el país avanza hacia la automatización y el uso de combustibles modernos, en el distrito municipal de San Luis, Santo Domingo Este, Amado García representa una resistencia inusual: cada día, este porcinocultor artesanal recorre kilómetros hasta el vertedero de La Rusa para recolectar leña, un recurso que le permite mantener su crianza de cerdos sin depender del gas propano.
El vertedero, un paisaje tétrico donde la contaminación y el humo permanente crean un ambiente apocalíptico, es el escenario de esta odisea. Amado y su ayudante, con una sierra eléctrica, seleccionan árboles secos en medio de desechos y aguas negras. ‘El fuego constante a base de leña permite una cocción prolongada y uniforme’, explica, justificando una práctica que responde tanto a la tradición como a un estricto cálculo de costos.
El fenómeno no es aislado: en toda República Dominicana, pequeños criadores enfrentan el alza de los combustibles y la falta de políticas de apoyo. La leña, aunque contaminante y riesgosa, se convierte en una alternativa económica para quienes viven al margen de la modernidad. La historia de Amado visibiliza una brecha energética que persiste en el país, donde el avance urbano amenaza con borrar las viejas costumbres rurales.
La odisea de Amado también resuena en la diáspora y en el contexto regional, donde prácticas similares sobreviven en países como Haití y otras naciones caribeñas. Su historia es un recordatorio de que, en medio del desarrollo, hay quienes luchan por mantener sus medios de vida con recursos limitados, una tendencia que invita a reflexionar sobre la sostenibilidad y la justicia social en República Dominicana.










