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El olvido como memoria

El tiempo corre de prisa y a medida que se acaba, corre más rápido.

En términos físicos el fenómeno no se sostiene, un minuto es un constructo babilónico, la sexagésima parte de una hora; otra medida arbitraria seleccionada por magos borrachos de cerveza que pretendían dividirlo todo sobre base 60, más por las aplicaciones prácticas al momento de hacer operaciones matemáticas, que como recurso nemotécnico para aprender distancias, pesos y medidas.

El tiempo pasa y lo único que fija su paso es la memoria.

Para los demás seres vivos del planeta, que no llevan cuenta del tiempo, la vida está determinada por los ciclos de la naturaleza.

Sólo el sapiens es capaz de trascender a su condición finita, subvertir su naturaleza mortal y sublevarse contra la muerte.

Para ello necesita de la memoria, que es donde puede fijar los recuerdos que dan sentido a su vida y razón a su existencia.

Desde esa lógica totalizante, somos lo que recordamos, lo que conscientemente hicimos y aprendimos, y llevamos grabado de nuestro cerebro como una hoja de ruta que indica todo el camino transitado.

Para los occidentales, el olvido es una maldición, una desgracia, una verdadera tragedia, pues si recordar es vivir, sólo quien recuerda ha vivido.

Para muchas culturas orientales el olvido es una liberación, un cortar por lo sano la cadena del apego que nos ata al deseo; algo así como un comenzar de nuevo luego de uno haberse fundido con las fuerzas primigenias del cosmos.

Los occidentales estamos atados al pasado por los recuerdos.

Dios lo sabe todo porque es omnisciente, nosotros, hechos a su imagen y semejanza, intentamos ser, recordando.

Por eso nos resulta devastador olvidar los recuerdos, no porque Freud dijera que el olvido es un subterfugio del consciente para enterrar en el inconsciente los recuerdos que nos pesan, que nos agobian; como si olvidar fuera una forma elegante de reprimir, es decir, de encajar el golpe y seguir caminado a pesar del dolor… pero no.

Luego los neurólogos vinieron a intentar explicarlo todo, o por lo menos, a dejar establecido que no sabemos nada de nada, porque el olvido viene un día por las razones que quiera y cuando quiera; sin importar que sea mutación genética, desgaste proteico, o prion rebelde… da igual.

Cualquier explicación es convincente para afirmar que nos aterroriza la idea de olvidarlo todo, porque eso y diluirse en la nada es lo mismo, aun a sabiendas que el proceso es irreversible, incontenible, destructor e implacable.

Lo de qué olvidar y qué recordar es una pesadilla alucinante, como lo es constatar que los recuerdos inmediatos, contra toda lógica lineal, son los primeros en desaparecer; ya que persisten hasta el final los antiguos, como también los rostros de los seres queridos que ven cómo todo se derrumba en silencio; aunque ya en ese momento, ni siquiera recordemos cómo llorar.

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