Tan comunes y horribles como las escenas de los accidentes de tránsito cotidianos, así se han vuelto las de las peleas callejeras.
Las redes sociales muestran a toda hora imágenes de personas que se enfrentan cuerpo a cuerpo o se atacan con armas de fuego , machetes , palos o puñetazos.
El clima de violencia que padece el país también alcanza sus máximos decibeles en la vocinglería mediática, radial o televisiva.
Algunas de las riñas que se han visibilizado terminaron en muertes o dieron lugar a que otros ciudadanos se enfrascaran en ellas, como en la famosa lucha libre de relevo australiana.
Estos episodios lamentables y recurrentes son los que han motivado al Listín Diario y a otras autoridades, como la Procuraduría General de la República, a impulsar jornadas para la convivencia social.
Hace falta que más ciudadanos e instituciones se involucren en esta cruzada, con la finalidad de abrir centros de resolución de conflictos en los vecindarios y pueblos.
Lugares donde las personas puedan formalizar querellas o procurar arreglos pacíficos a sus desacuerdos sin tener que recurrir primero a los puños.
En muchos casos, una atmósfera morbosa que permite y hasta alienta el combate es una señal de permisividad e insensibilidad ante la reyerta.
Ese comportamiento no habla bien de la conducta que deberían observar los buenos ciudadanos para separar y apaciguar a los que pelean.
Si permitimos que las calles de la ciudad se transformen en cuadriláteros al aire libre, perderemos la oportunidad de abrir los proyectos de convivencia pacífica.
Y terminaremos siendo una selva donde solo habitan especies salvajes e irracionales.
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