La disputa por el escaño de Adriano Espaillat y el futuro de la diáspora
En el Distrito NY-13, la comunidad dominicana se juega algo más que un escaño: la continuidad de un bloque de poder construido en treinta años de lucha. Adriano Espaillat, pieza clave en el Comité de Apropiaciones, enfrenta una ofensiva liderada por el alcalde Zohran Mamdani.
La política, cuando se ha ejercido desde las entrañas de una comunidad que tuvo que sangrar para ganar cada centímetro de acera en Nueva York, no se hizo por complacencia. Sino para que la comunidad dominicana del Distrito NY-13 tuviera un representante, y con Adriano Espaillat en el Congreso de los Estados Unidos, lo ha logrado, al tiempo de trazar una línea roja que nadie pueda cruzar sin violentar nuestra existencia política.
Espaillat no es resultado de ensayos ni de improvisaciones de branding y mercadotecnia para fabricar una imagen política y venderla. Es fruto de las batallas campales en Nueva York; de los momentos mortales en cada esquina donde hubo que luchar cuerpo a cuerpo contra quienes querían intoxicar a nuestros niños en las escuelas, destruir el comercio local y condenar al olvido a los inmigrantes.
Desde su acceso al poderoso Comité de Apropiaciones de la Cámara de Representantes, Espaillat ha canalizado millones de dólares en fondos federales para infraestructura, salud y educación pública en el Alto Manhattan y el Bronx. Entre sus logros destacan la extensión de la Segunda Avenida del subway, el financiamiento a los pequeños negocios que sostienen la economía vecinal y las leyes de protección de inquilinos que evitaron el desahucio masivo de nuestras familias.
Frente a esa hoja de servicios, sacrificios y honradez —no se le ha podido cuestionar moralmente, y hemos visto a muchos caer— se intenta ahora levantar una alternativa artificial. Detrás opera la mano y el desprecio ideológico del alcalde Zohran Mamdani, cuyo pensamiento revela un profundo desdén por nuestras costumbres familiares, nuestra fe religiosa y nuestras convicciones políticas y étnicas que nos han unificado como comunidad. Perder esa cuota de poder —jamás— no significaría un simple relevo legislativo, sino la demolición de un bloque de poder que tardó treinta años en construirse.











