Antes de mitad de julio ya tenía mis útiles escolares, elegidos a mi gusto y preferencia.
En la mesa, gracias a Dios, nunca hizo falta pan, vacío o acompañado, siempre estuvo.
Cada noche tuve una cobija que me abrigó y un techo para protección, nunca eso estuvo en juego.
Cada vez que estuve enferma siempre tuve medicamentos, atención y una clínica a la que acudir.
Siempre supe que nada de eso era fruto de riquezas ni mucho menos, era producto de mucho esfuerzo, trabajo y sacrificio proveniente de quienes velaban por mi.
Conocer el esfuerzo de donde provenían las cosas, me hizo consciente de que no podía dar nada por sentado, porque a pesar de que nada faltaba, nada sobraba.
Ese razonamiento ha navegado conmigo durante mis 24 años de vida, mi tránsito por la universidad y mi escaso camino por la vida laboral.
Porque sé que tras esos pequeños peldaños alcanzados hay mucho trabajo y sacrificio.
Lo que me hace valorarlo más, porque no se trata de lo que tengo o lo que logré, sino de quienes estuvieron detrás impulsándome.
Trabajar y valorar lo que tengo, es una manera de honrar el sacrificio de mis familiares, los que han dejado el cuero para darme lo mejor.
A pesar de ello, también soy consciente que muchos jóvenes no valoramos en igual medida las facilidades, que queramos o no, tenemos como generación, ya sea porque son otros tiempos, porque las cosas han cambiado y otras han evolucionado.
En medio de nuestra rutina me parece justo hacer una mirada más allá de lo material y valorar aunque sea un poquito el camino del otro que aliviano el nuestro.
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