Leah Campos, ex-CIA, busca consolidar agenda ultraconservadora y militar en el país.
La llegada de Leah Francis Campos, exoficial de la CIA, como embajadora de EE. UU. en República Dominicana, marca una tendencia regional de injerencia política y militar, alineada con el ‘Corolario Trump’ y la Internacional Neofascista que lidera Marco Rubio.
El nombramiento de Leah Francis Campos como embajadora de EE. UU. en República Dominicana no es un hecho aislado. Forma parte de una estrategia más amplia del gobierno de Donald Trump y de su secretario de Estado, Marco Rubio, para reforzar el control sobre América Latina y el Caribe, utilizando a la isla como punto estratégico en la Coalición Militar Continental dirigida por el Comando Sur del Pentágono.
Campos, con más de una década en la CIA (2001-2012) como oficial de la Dirección de Operaciones, tiene un perfil claramente ligado a la inteligencia y a la seguridad hemisférica. Su paso por el Congreso de EE. UU., donde asesoró sobre América Latina, y su vínculo con el lobby sionista, la convierten en una pieza clave para impulsar la agenda ultraconservadora en la región, incluyendo el ultranacionalismo cristiano como herramienta política.
Su activa agenda en el país incluye reuniones con el canciller Víctor -Ito- Bisonó y con el vicealmirante José Manuel Cabrera Ulloa, presidente de la DNCD. Estos encuentros revelan un interés directo en orientar la política interna dominicana y en fiscalizar el papel de las Fuerzas Armadas en la estrategia de seguridad regional, lo que ha generado alertas entre analistas y sectores progresistas.
Para la diáspora dominicana y los observadores internacionales, el accionar de Campos es un reflejo de la creciente influencia de la Internacional Neofascista en América Latina. Su trayectoria militar familiar (padre en la Fuerza Aérea, hermanos en la Marina) y el despliegue de su esposo en Afganistán refuerzan la percepción de que su misión va más allá de la diplomacia tradicional, buscando consolidar un modelo de injerencia que recuerda épocas pasadas.
El país se convierte así en un escenario de prueba para las políticas exteriores de Trump. Mientras tanto, la comunidad internacional observa con atención cómo República Dominicana maneja esta presión externa, en un contexto donde la soberanía y la autodeterminación de los pueblos están en juego.











