La violencia no irrumpió de un día para otro en nuestro país.
Está instalada desde hace mucho y lo que vemos hoy no es un estallido, sino un goteo constante que termina por inundarlo todo.
En la actualidad, los actos violentos se han convertido en el síndrome más letal de nuestra sociedad, un tumor maligno que metastatiza en cada rincón de la vida nacional.
Sus manifestaciones ya no son la excepción, sino la regla.
Han creado una peligrosa inmunidad de rebaño, un embotamiento colectivo que nos hace mirar el horror con la misma indiferencia con la que se mira un paisaje conocido.
La tragedia de esta normalización es que la mayoría de los ciudadanos, en algún momento de sus vidas, han sido mordidos por esa fiera.
Ser víctima se ha vuelto parte del currículo de la supervivencia diaria, y esa familiaridad con el dolor ha generado un terrible mecanismo de adaptación.
El germen de esta pandemia humana está en la cuna.
Nace en una cultura que confunde la disciplina con el abuso físico y psicológico, donde el primer contacto del niño con la autoridad es un golpe o un grito.
Esta semilla de terror temprano es regada por las aguas turbias de la desigualdad social, el abismo educativo, la erosión de los valores morales y la estrepitosa falla de un sistema de justicia que cojea ante el delito.
El respeto mutuo ha sido reemplazado por el arrebato, y el diálogo, por la descalificación y el insulto.
Solo en un año, 26 mil querellas formales por amenazas contra la vida y 73 mil casos de violencia de género, intrafamiliar y sexual son la punta de un iceberg del sufrimiento que nos hiela la sangre.
Desmantelar esta cultura feroz exige un esfuerzo titánico, uno que ni siquiera el régimen legal de consecuencias, con todas sus carencias e ineficiencias, ha logrado arañar.
Mientras no se ataquen las raíces profundas de este mal —la educación en el hogar, la reducción de la brecha social, la recuperación de la ética—, seguiremos pavimentando el camino hacia el abismo.
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