
Cuando en 1974, integraba a amigos y familiares a hacer teatro en Villa Juana, la necesidad de adquirir libros y mejorar los conocimientos aprendidos en la Escuela Nacional de Bellas Artes y en las tertulias barriales se hizo imperiosa, así que opté por pertrecharme de libros.
Entre Neruda, un carro de frío-frío y yo, por las calles de Villa Juana
Nuestra pobrísima vivienda familiar carecía de sillas y muebles, de comedor o mesa para estudiar.
Pero, de manera absurda y sorprendente, de un librero no: construí uno y lo adosé a la pared.
Se llenó de títulos sobre Teatro, Literatura, Filosofía e Historia…
de muchos libros.
En esos textos invertimos nuestros escasos ingresos por trabajos de limpiabotas, vendedor de frío-frío, ayudante de sastre o sastre, luego de profesor y mecanógrafo…
Entre los primeros que adquirí en una de las ferias del libro que en el Palacio de Bellas Artes patrocinaba el gobierno del doctor Balaguer estuvo “Residencia en la tierra” (1935), de Pablo Neruda.
Por alguna vía que no recuerdo había obtenido los “Veinte poemas de amor y una canción desesperada” cuyo poema 20 memoricé y recitaba a solicitud de amigos y compañeros de escuela.
“Residencia…”, sin embargo, me llevó a Lorca y este, a Miguel Hernández, para seguir hacia la literatura europea en boga: Maiakowski, Lope de Vega, Cervantes, Ortega y Gasset, Unamuno, Strindberg, Chéjov, Ibsen, Shakespeare…, y al patio: la literatura latinoamericana, hasta desembocar —después de haber recibido “Obras completas” de Óscar Wilde como regalo del escultor Mario Cruz— en Ernesto Sábato desde cuyo epígrafe en “El túnel”, aprendí que las tristezas solo son propias; que, “…en todo caso, había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío».
Era imposible no caer bajo el influjo de García Márquez, a quien empecé a conocer desde sus cuentos “El ahogado más hermoso del mundo” y “La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada” para luego quedar deslumbrado y definitivamente conquistado por la literatura con su emblemático “Cien años de soledad” y continuar hasta “El amor en los tiempos del cólera” que al arribar décadas más tarde me pareció demasiado realista y simple para mis preferencias, como si el realismo mágico de García Márquez reposara, saturado de recuerdos y limpio de aquellos sorpresivos enigmas de la cruenta realidad latinoamericana.
García Márquez me influyó tanto que motivó el tema de mi primer cuento, escrito para una tertulia en la que junto a otros profesores del colegio Cristóbal Colón, compartía con el fallecido y caro amigo Machi Constant.
El cuento empezaba con una lluvia tan persistente, prolongada y obstinada que había inundado hasta los recuerdos y los deseos: las parejas, en vez de soñar amándose, soñaban con —y pensaba en— agua.
Finalmente, fallecían en un éxtasis de intenso ahogo, felices.
Al igual que todos mis textos de juventud, ese cuento se perdió porque alguien en la familia decidió echar todos “mis papeles” a la basura.
El hecho es que, si el lector me hubiese conocido entonces, habría dicho de mí ¡Miren, es uno de los chicos de libros bajo el sobaco! A diferencia de otros compañeros de estudios en Bellas Artes, los leía, los memorizaba, a veces los recitaba y, en el caso de los libros sobre teorías dramáticas y técnicas de actuación como los de Meyerhold, Brecht, Stanislawski y Grotowski, los poníamos en práctica en lo que hoy puedo decir fue el primer laboratorio dominicano de teatro popular: el Teatro Experimental Popular (Texpo), que hoy estuviese arribando a sus 50 años de haber sido fundado gracias al apoyo del profesor Luis Encarnación Nolasco, director y propietario del Colegio Cristóbal Colón, quien me acogió y, conmigo, a todos los que se refugiaron en el teatro, bajo el traspatio techado que él nos cedió para reuniones y ensayos.
Esos autores fueron mi mayor compañía desde entonces.
Al punto que no me interesaban las fiestas ni los canes y en el vecindario, por esas inclinaciones teatrales y poéticas, mis amiguitos me decían Mariquita.
Incluso el fallecido amigo y mentor Jimmy Sierra se vio en la necesidad de comprobarlo.
Noté que me observaba acucioso y extraño hasta que me preguntó directamente sobre mis noviecitas sobre las cuales nunca quise hablar, a pesar de ser pocas porque desde siempre las cubrí con la discreción del respeto, oponiéndome, sin conciencia aún, a hacer de sus vínculos conmigo una chercha machista.
Así que Neruda cayó en mis manos como volcán en erupción.
Y aún vive en alguna de mis más tozudas cadenas sinápticas aquella sonoridad hueca y metálica que desde entonces me comunicaron sus versos, iniciando con el primer poema que comparto porque me mostró lo que era buena literatura y me puso como reto la sonoridad y formas expresivas propias.
“Como cenizas, como mares poblándose | en la sumergida lentitud, en lo informe, | o como se oyen desde el alto de los caminos | cruzar las campanadas en cruz, | teniendo ese sonido ya aparte del metal, | confuso, pesando, haciéndose polvo | en el mismo molino de las formas demasiado lejos, | o recordadas o no vistas, | y el perfume de las ciruelas que rodando a tierra | se pudren en el tiempo, infinitamente verdes…”.
Neruda es ráfaga de poderosas y hermosas metáforas, maestro sobre cómo escribir bellos versos: «puntadas secas en las costuras del árbol», o describir sin abuso el paisaje emotivo y hermoso: «lilas alrededor del convento», o aproximarnos al surrealismo: «la llegada de la muerte a la lengua del buey», y el pesar inmenso ante la guerra: «…percibir, | entonces, como aleteo inmenso, encima, | como abejas muertas o números, | ay, lo que mi corazón pálido no puede abarcar»…
| en multitudes, en lágrimas saliendo apenas, | y esfuerzos humanos, tormentas, | acciones negras descubiertas de repente | como hielos, desorden vasto, | oceánico, para mí que entro cantando | como una espada entre indefensos», a los «obscuros de pesadas gotas».
Ahí abrevé para escribir mi primer poemario: “Isla” (Taller, 1976), del cual doña Marianne de Tolentino publicó varios de sus textos en este diario (Sección Artes y letras, sábado 24 de enero de 1976, pág.
8).
Hoy, desde cervantesvirtual.com descargo “Residencia en la tierra” y me embarga la nostalgia; lo ganado y lo perdido; lo confundido y lo revelado desde este texto inspirador y fecundante.
Empiezo a releerlo, escribo esta descarga biográfica-emotiva y os aconsejo: ¡Leedlo, que el arte es un poderoso antídoto contra el agobio, la soledad, la tristeza y la desesperanza! Tags relacionados LAS MÁS RECIENTES.










