Hay silencios en la infancia que resultan en señales de desconexión.
Durante mucho tiempo se nos enseñó que un niño “bueno” era el que obedecía, no interrumpía y no cuestionaba.
Pero hoy sabemos que callar a un niño no educa su carácter; muchas veces apaga su voz.
Cuando un niño deja de expresar lo que siente, aprendió que nadie lo escucha.
Una escena recurrente y parece incluso inofensiva es la de un niño sumergido en sus videojuegos mientras el adulto está perdido en la pantalla del celular u otras ocupaciones, pero en esa distancia diaria pueden ir formándose heridas profundas: la sensación de no importar, de no ser visto, de no tener un lugar seguro donde poner la tristeza, el miedo o la frustración.
Lo más doloroso es que algunos niños sí intentan decirlo.
Lo expresan con palabras, con llanto, con irritabilidad, o con otras conductas. Sin embargo, con frecuencia su tristeza se minimiza, se corrige o se interpreta como malcriadez.
Lo más frecuente es que en hogares, tribunales, consultas, escuelas y otros escenarios, los adultos toman decisiones sobre ellos sin detenernos a preguntar qué están sintiendo.
Escuchar a un niño no significa complacerlo significa reconocer que su mundo emocional existe.
Necesitan límites, sí, pero también mirada, validación, ternura y presencia.
Ofrezcámosle un espacio seguro física y emocionalmente.
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