El Estado es algo que debe ser aprendido.
El ciudadano promedio hace infinidad de conjeturas en torno a su naturaleza, función y desempeño.
Un enfoque abarcador exige, amén de su estudio en las dimensiones descriptivas y teoréticas, la de su aplicación, es decir, la dimensión práctica, constituyente de su condición de posibilidad.
Ello puede lograrse por dos vías: la observación y su ejercicio.
Si ha de observarse, deberá hacerse con sentido objetivo y crítico, cuando se ejerce, deben aprovecharse al máximo las experiencias que ofrece y que impiden que nos hagamos una idea platónica del mismo, es decir, apartada de la realidad que implica.
La cuestión viene a cuento a propósito del paquete de medidas recién aprobado por el Congreso Nacional, respecto al cual se tejen mil y una conjeturas, tanto desde la perspectiva de su concepción y de su necesidad, cuanto de sus fines y utilidad.
Opinantes de toda ascendencia y de variados designios apenas si disimulables, se exprimen sus cerebros intentando hilvanar posiciones a favor y en contra de la ley.
Parecería que habitamos una Babel donde, mientras más se habla, menos se entiende.
La razón fundamental es que hay una ausencia de conocimiento del Estado en tanto construcción política, social e histórica.
Se ve solamente el hecho de haber llevado, articulado, un anteproyecto de ley concebido por el ministro de Hacienda y Economía hacia el Congreso.
Como si para ello no fuera necesaria la exploración de alternativas, la procura del concurso de los sectores directamente concernidos en el padecimiento de una mayor carga tributaria, en fin, en términos llanos, las negociaciones de que se precisa a la hora de remover, alterar un status quo equis.
Y es que las ciencias del Estado no son las ciencias ocultas, sus manifestaciones son presididas por el realismo que muchos se empeñan en ignorar con aprendida inocencia.
Como resultado, nada de lo logrado ha sido producto de un rito apotropaico, es sí, el resultado de más de un acuerdo, por abrumadora que sea la mayoría congresual de que dispone el Gobierno.
Y es que, aun dentro de esa mayoría existen representaciones de diversos intereses.
Ningún presidente dispone, como afirman algunos neófitos, de los componentes de un Congreso por el solo hecho de que sean miembros de su partido.
Los más avezados, de seguro alcanzan a imaginar los acuerdos que aludo.
Mas, la inmensa mayoría cree que fue tarea fácil y, más aún, duda de la conveniencia de la ley, todo, por no conocer el Estado.
Se necesitaba dinero, y se encontró.
Es la pura realidad.
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