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Freddy Ginebra celebrando la vida: la lluvia es una forma de bendición

Freddy Ginebra, «El Duende» de Caa de Teatro.

No hablo de esa que interrumpe planes o complica caminos, sino de la que cae mansamente, como si el cielo decidiera, por un instante, inclinarse hacia la tierra para abrazarla.

Hay algo profundamente espiritual en ese gesto: el agua descendiendo, silenciosa o generosa, despertando lo que parecía dormido, devolviéndole a la vida su pulso más antiguo.

Cuando llueve, la tierra respira.

Uno lo siente sin necesidad de saberlo.

El polvo se aquieta, los árboles se estremecen, las hojas adquieren un brillo nuevo, como si fueran recién nacidas.

Las plantas, que parecían resignadas a la espera, levantan su esperanza con cada gota.

Y entonces entendemos —aunque sea por un segundo — que todo depende de ese milagro sencillo y cotidiano: el agua que cae.

Por eso la lluvia no es solo un fenómeno natural.

Es un recordatorio.

Nos habla de la fragilidad y, al mismo tiempo, de la generosidad del mundo.

Nos dice que nada crece sin cuidado, que todo necesita su tiempo y su alimento.

Nos enseña que la vida, en su esencia más pura, es un equilibrio delicado entre lo que damos y lo que recibimos.

La naturaleza entera es una obra espléndida del Creador.

Basta detenerse un momento para comprobarlo.

No hace falta viajar lejos: un árbol, una flor, un pedazo de cielo pueden contener toda la belleza que necesitamos.

Sin embargo, hemos aprendido a pasar de largo, a no mirar, a no escuchar.

Y en ese descuido hemos olvidado que somos parte de ese mismo tejido sagrado.

Cuando voy al campo, algo dentro de mí se aquieta.

Es como si el ruido del mundo se quedara atrás, y en su lugar surgiera una necesidad íntima de orar.

No una oración aprendida, sino una que brota sin palabras, hecha de asombro y de gratitud.

Allí, rodeado de verde, de tierra, de vida, siento la presencia de un misterio que no se explica, pero que se intuye con claridad.

Un misterio que nos sostiene y nos supera.Lo mismo me ocurre cuando levanto la mirada hacia el cielo en una noche despejada.

Las estrellas, tan lejanas y tan presentes, nos recuerdan nuestra pequeñez y, a la vez, nuestra pertenencia.

Somod parte de algo inmenso, de un universo que respira con nosotros, aunque no siempre lo entendamos.

Tal vez por eso cuidar la naturaleza no debería ser una obligación, sino un acto de amor.

Protegerla es protegernos.

Respetarla es reconciliarnos con lo que somos.

Cada árbol que se salva, cada río que se limpia, cada gesto de conciencia es una forma de agradecer lo que hemos recibido sin haberlo pedido.

La lluvia cae, la tierra florece, el cielo se abre.

Y en medio de todo eso, nosotros, frágiles y distraídos, tenemos la oportunidad de detenernos, de mirar, de sentir… y de entender, finalmente, que vivir también es aprender a cuidar el milagro que nos rodea.

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