Por Lodwin Cornielle
República Dominicana y todo el Caribe están viviendo una crisis que no es de una sola cosa. Se manifiesta de muchas maneras a la vez, y por eso cuesta tanto nombrarla.
Cuatro crisis, una sola casa
Es económica, porque el país puede crecer en las estadísticas sin que ese crecimiento se sienta en el plato de comida de una familia. Es de seguridad, porque cada vez son más los que no se sienten tranquilos ni en su negocio ni en su propia calle. Es moral, porque se ha vuelto común aplaudir más al que presume que al que trabaja. Y es familiar, porque demasiados jóvenes están creciendo sin una guía firme en casa.
Cuatro grietas en la misma casa. Y frente a una casa agrietada, la pregunta no es únicamente quién tiene la culpa. La pregunta es: ¿qué es lo que todavía la mantiene en pie?
La respuesta es una columna hecha de tres piedras: la mujer, la clase media y la juventud.

Una columna sostiene lo que nadie ve
Una columna no recibe aplausos, pero es la que carga todo el peso. Si cae, se cae la casa entera. Lo mismo ocurre con estos tres grupos: son los que más cargan, los que menos reconocimiento reciben y los que menos se escuchan a la hora de tomar las decisiones del país.
En la base está la mujer. En la mayoría de los hogares dominicanos es ella quien trabaja, cría, estira el último peso y aún encuentra tiempo para la iglesia y la comunidad. Antes de que un joven salga a la calle, ya la mujer sembró los valores que lo van a acompañar. Una mujer fuerte sostiene la familia; una mujer sola y agotada la deja a merced de las grietas.
En el cuerpo está la clase media. Se levanta temprano, paga impuestos, paga el colegio, paga el préstamo y no recibe ayuda de nadie. No es lo bastante pobre para ser asistida ni lo bastante rica para ser escuchada, pero es la que mantiene vivo el comercio, el empleo y el propio Estado. Cuando la clase media está estable, el país respira.
Arriba está la juventud, la que mira lejos. Tiene la energía, el talento y las herramientas nuevas: domina el internet, el algoritmo y el emprendimiento. Es el relevo. Pero también es la piedra más expuesta: la que más seducen la calle, el dinero fácil y la tentación de irse del país.
Los tres dependen de los tres
En dignidad, ninguno está por debajo del otro. Pero en el orden en que se construye una sociedad, sí hay una secuencia: primero la mujer, porque es la base que forma a la familia y al joven; luego la clase media, que le da estabilidad a esa familia con empleo, casa, educación y el ejemplo del esfuerzo diario; y arriba la juventud, que recibe todo eso y lo transforma en futuro.
Lo decisivo es que esto no es una escalera donde unos mandan y otros obedecen. Es un ciclo. La mujer forma al joven; el joven, si se prepara, entra a la clase media y la fortalece; una clase media fuerte protege a la familia y le devuelve a la mujer las condiciones para seguir criando con valores. Y el ciclo recomienza. Por eso, cuando se pregunta quién depende de quién, la respuesta honesta es que los tres dependen de los tres.
Si una piedra se rompe, todo se tambalea
Cuando la mujer cae, cae la familia. Una madre sin apoyo ni oportunidades no puede sostener sola la casa, y el joven sale a buscar en la calle la orientación que no encontró dentro. Ahí nace la crisis familiar, y detrás de ella llegan la moral y la de seguridad.
Cuando la clase media cae, cae la estabilidad. Empobrecida o empujada a emigrar, se pierde al que paga, al que emprende y al que da empleo. El país queda partido entre unos pocos con mucho y muchos sin nada. Y un país dividido así no tiene paz.
Cuando el joven cae, cae el futuro. Un joven sin propósito es el primero que recluta el crimen, el primero que se rinde y el primero que se marcha. Un país que pierde a su juventud pierde el mañana en el presente. Las cuatro crisis, en el fondo, son lo que sucede cuando la columna se rompe.
El poder se ha mudado a otra mesa
Hay además un fenómeno que merece atención, y no es una moda pasajera. Antes, el presidente tomaba el teléfono y consultaba a los empresarios, a la Iglesia y a los directores de periódicos. Hoy le adelanta una primicia a un streamer y se sienta a conversar una ley con creadores de contenido. Se podrá estar de acuerdo o no, pero es una señal inequívoca: el poder está cambiando de forma.
Pasa por cuatro razones. La gente dejó de confiar en las voces de siempre, que siente que hablan entre ellas y no con el pueblo. El celular metió un medio de comunicación en cada bolsillo. La atención se convirtió en poder: quien tiene audiencia tiene influencia, y quien tiene influencia es buscado por los que deciden. Y la crisis empuja a la gente hacia las voces que hablan como ella, que viven lo que ella vive y que explican sin palabras rebuscadas.
Lo positivo es que hay más voces en la mesa: un joven sin apellido ni padrino puede llegar más lejos que un diario centenario; una mujer emprendedora construye comunidad sin pedir permiso; la clase media se organiza y se hace oír. Lo inquietante es que tener atención no es tener preparación: el algoritmo premia el escándalo sobre la verdad, y la mentira viaja más rápido que la verificación. Si no cuidamos eso, la supuesta democratización terminará en una élite nueva, con más seguidores y los mismos vicios de la vieja.
La oportunidad no espera
El espacio que van dejando las élites tradicionales no quedará vacío: alguien lo ocupará. La gran pregunta de esta generación es quién. Si la juventud, la mujer y la clase media no se preparan y no se unen, lo ocuparán otros, y otra vez miraremos la mesa desde afuera. Es una oportunidad histórica, pero las oportunidades no esperan: se toman o se pierden.
La unión se ve en lo cotidiano. La mujer que emprende desde casa puede darle el primer empleo a un joven del barrio. El joven que domina las redes puede ayudar a un negocio de clase media a vender por internet y sobrevivir la crisis. La clase media puede ser mentora y enseñar disciplina, ahorro y constancia. El joven puede defender a la mujer en los espacios digitales, donde muchas veces la atacan y la quieren callar. Y la familia, con la mujer como base, vuelve a ser la primera escuela de valores, de fe y de liderazgo. Ayudar al otro no es regalar nada: es reforzar la piedra que a uno lo sostiene.
Separados nos tumba cualquier crisis
No podemos quedarnos esperando que un gobierno, un partido o un millonario venga a salvarnos. A los líderes hay que exigirles, claro. Pero la columna se fortalece desde abajo: en la casa, en el barrio, en la iglesia, en el negocio pequeño y en la comunidad digital.
El futuro no se sostendrá sobre apellidos. Se sostendrá sobre una columna: la mujer que levanta, la clase media que trabaja y la juventud que sueña y se prepara. Separados, cualquier crisis nos tumba; unidos, no hay crisis que nos derrumbe.
Bienvenidos al futuro.
— Lodwin Cornielle









