Por Lodwin Cornielle (Nachito)
Hay una pregunta que define a nuestra generación: ¿por qué exigimos con tanta fuerza lo que no estamos dispuestos a dar? Reclamamos libertad y al mismo tiempo silenciamos al que discrepa. Pedimos empleos dignos y a la vez despreciamos a quien invierte y arriesga para crearlos. Criticamos el mercado mientras usamos su tecnología, sus servicios y sus productos todos los días.
Cuestionar un sistema económico o exigir mejores condiciones de vida no es el problema. El problema aparece cuando el discurso pierde coherencia y la exigencia no carga consigo ninguna responsabilidad.

Producir y trabajar no son enemigos
Detrás de cada empresa existen inversiones, sacrificios, obligaciones y riesgos que casi nunca vemos. Generar empleo no se reduce a obtener ganancias: es asumir compromisos con trabajadores, familias y comunidades enteras.
Esto no es una excusa para los abusos empresariales ni un desconocimiento de los derechos laborales. Es comprender que una economía sana necesita, al mismo tiempo, empresarios responsables y trabajadores bien remunerados. Una sociedad no prospera enfrentando de manera permanente a quien produce contra quien trabaja.
La libertad también es para el que piensa distinto
Tal vez la contradicción más grave de nuestro tiempo sea la intolerancia disfrazada de libertad. Defendemos la diversidad de ideas, pero solo toleramos las que se parecen a las nuestras. Exigimos respeto, pero descalificamos al que nos contradice.
La libertad auténtica se demuestra reconociendo el derecho del otro a pensar diferente, aun cuando su argumento nos moleste. Una sociedad madura no necesita gente que piense igual: necesita gente capaz de debatir sin aniquilarse.
Resultados sin sacrificios
Vivimos rodeados de promesas de éxito instantáneo. Queremos prosperidad, reconocimiento y oportunidades, pero rara vez hablamos de los años de preparación, disciplina y sacrificio que determinados objetivos exigen.
Hay que reconocer también que no todos arrancan desde el mismo punto. Existen desigualdades que limitan las oportunidades de miles de personas por más que se esfuercen. Por eso la salida es una sociedad que ensanche las oportunidades sin renunciar al valor de la responsabilidad individual.
La coherencia empieza por casa
Exigimos honestidad, pero justificamos la trampa pequeña cuando nos favorece. Reclamamos justicia, pero perseguimos privilegios. Pedimos respeto, pero muchas veces no lo ofrecemos.
La Biblia lo recuerda en Santiago 1:22: «Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos». La enseñanza es clara: no basta con predicar valores, hay que practicarlos. Ser coherente no es ser perfecto; es admitir los errores y procurar que cada decisión esté alineada con lo que se predica.
Una generación que piensa mejor
Sería injusto culpar solo a los jóvenes. Gran parte de estas contradicciones se heredaron de generaciones anteriores, de instituciones que pidieron sacrificios sin abrir oportunidades y de adultos que predicaron principios que no siempre cumplieron.
El reto no es enfrentar a las generaciones, ni a los empresarios contra los trabajadores. Es construir una sociedad donde el pensamiento crítico, la libertad, el respeto y la responsabilidad convivan. Menos confrontación y más capacidad de escuchar. Menos discursos vacíos y más coherencia. Menos prejuicios y más oportunidades.
Porque el progreso real no comienza cuando conseguimos que todos piensen como nosotros, sino cuando aprendemos a convivir, a respetarnos y a construir a pesar de las diferencias.
Una generación no será recordada por lo que criticó, sino por lo que tuvo la valentía de corregir y construir.
La meta sigue intacta.
— Lodwin Cornielle (Nachito)
Abogado · Técnico en Informática · Especialista en Marketing Político y Gestión de Gobierno y Campañas Electorales · Estudiante de Gestión Municipal.










