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Tecnologia

Gaudí, la encíclica Magnifica Humanitas y la humanización de la justicia dominicana

El pasado 10 de junio de 2026 se cumplieron 100 años de la muerte de Antoni Gaudí i Cornet en Barcelona.

El creador de la Sagrada Familia concibió una obra inacabada no por falta de concreción artística, sino para ser terminada con el tiempo, con los recursos de la gente, de los feligreses y mediante donaciones al templo; pero, sobre todo, para ser culminada con amor humano.

Así lo revela su célebre frase: “Para hacer las cosas bien hace falta, en primer lugar, amor y, en segundo lugar, la técnica”.

Esta aseveración coincide con la visión del Papa León XIV, quien asistió a la inauguración de la Torre de Jesucristo en la Sagrada Familia, acontecida justamente en el centenario del fallecimiento del genio catalán, y cuya primera encíclica conecta con el pensamiento gaudiniano: una mirada centrada en las personas, menos tecnología y más humanidad.

Estos dos referentes, el artista y el pontífice, ambos de profunda fe cristiana, anteponen el valor de la sensibilidad humana a la tecnología, pues advierten que esta puede alejarnos del centro de la creación divina.

El Papa León XIV lo expresa con claridad: la tecnología debe estar al servicio de la persona humana, y no la persona al servicio de la tecnología.

Este pensamiento, sólidamente estructurado, constituye un mandato que las naciones cristianas deben extrapolar a sus quehaceres, a sus resultados y a sus vidas.

En el ámbito de la justicia, que es mi espacio de trabajo, hace tiempo observamos cómo el tecnicismo ha ocupado el lugar de las decisiones judiciales, construyendo una especie de Babel tecnológica —sobre la cual la propia encíclica advierte—, donde lo que menos importa en los fallos es la gente.

Los mecanismos legales, cuya aplicación es obligatoria conforme a los principios de legalidad y proporcionalidad, imponen esta metodología; sin embargo, bajo ese pretexto, se desplaza el factor humano, dejando a las personas insatisfechas en sus legítimas pretensiones.

Transformar esta realidad exige repensar la praxis judicial.

Los principios que rigen la técnica procesal no deben convertirse en obstáculos para la empatía ni para la justicia material.

Como en la obra de Gaudí, donde la técnica arquitectónica sirvió al amor y no al revés, en los tribunales la norma debe servir al ser humano y no devorarlo.

Cuatro pilares sostienen una justicia verdaderamente humanizada.

El primero es priorizar el control de constitucionalidad, asumiendo la dignidad humana como el «valor supremo y fundamento de los derechos fundamentales» (artículo 38).

Este principio complementa la noción de Estado social consagrada en los artículos 5 y 7, y actúa como un freno al formalismo ciego, evitando que las rigideces procesales terminen anulando derechos ciudadanos.

El segundo es implementar un lenguaje comprensible, redactando sentencias claras y accesibles, explicando a los justiciables el porqué de cada decisión judicial, y no solo el qué.

El tercero es garantizar la equidad institucional, dotando a los magistrados de recursos técnicos y económicos dignos, pues un sistema que desatiende a quienes imparten justicia termina deshumanizando también la atención al ciudadano.

El cuarto es subordinar la tecnología al criterio humano, utilizando algoritmos y sistemas digitales únicamente como herramientas de apoyo, preservando siempre el discernimiento ético y la apreciación de los juzgadores en el centro de cada resolución.

Se hace necesario, pues, que esta encíclica penetre en el corazón y en el razonamiento de los jueces y de todos los magistrados.

Lo mismo corresponde a los usuarios del sistema: exigir una justicia con rostro humano, recordando que quienes ejercemos la abogacía desde hace décadas sabemos que el tecnicismo en un fallo encuentra su límite constitucional en el principio y derecho a la dignidad humana.

Necesitamos que el pensamiento de Gaudí, la encíclica papal Magnifica Humanitas y la labor de nuestra Iglesia cristiana en tierra dominicana reproduzcan la esencia de estos postulados, todos concentrados en una sola verdad: que el ser humano, obra de Dios, es siempre el principio y el fin de toda labor, de todo arte y de toda justicia.

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