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Tecnologia

Internet y desocialización, ¿hacia la muerte de la vida y la cultura comunitarias?

Viviendo en éxtasis colectivo y satisfechos por la potenciación de las capacidades operativas, mnemotécnicas y comunicacionales que las tecnologías y su desarrollo creciente desde el 2K les está aportando, parecería que los líderes de las sociedades, las familias y las personas exitosas están experimentando sus vidas con el mismo sentimiento de realización plena, desenfado y libertad que lanzó a los caballeros y a las damas de la aristocracia francesa del barroco a corretear los bosques, a navegar arroyos, a columpiarse de los árboles y a pernoctar sobre la hierba, bajo las sombras, en lúdicos y eróticos galanteos y coqueterías, según celebró y documentó para la posteridad la obra pictórica de Jean Antoine Watteau (1684-1721).

Sin embargo, al parecer no es como está ocurriendo.

En su lugar, el temor y el aislamiento parecen estar extendiéndose, a juzgar por las preocupaciones que sobre la seguridad de las familias y de los infantes están poniendo en evidencia estudios llevados a cabo por instituciones de prestigio y solvencia, en un claro esfuerzo por determinar qué tan ciertas fueron o son, a la luz de hoy, ciertas narrativas oficiales y mediáticas al respecto y cómo modelan la cultura y las personalidades.

Jessica Grose, novelista y columnista de Opinión del periódico The New York Times, posee una fascinante columna sobre temas relevantes de la cultura estadounidense en la que aborda tópicos diversos de interés público.

En su artículo publicado ayer, sábado 23 de mayo de 2026, bajo el título —en la versión digital de escritorio del diario— “Los estadounidenses no hablan con sus vecinos.

Eso es un problema para los niños” y —en la destinada a teléfonos inteligentes— “Rechaza el cinismo moderado que presupone lo peor de las personas”, conecta a los lectores con una de esas investigaciones: la titulada “Vecinos desconocidos: el declive de la socialización vecinal y la división de clases en el sentido de pertenencia”.

La realizaron Daniel A.

Cox, Jae Grace y Avery Shields, del Centro de Encuestas sobre la Vida Estadounidense (Survey Center on American Life), del Instituto Empresarial Americano (American Enterprise Institute) entidad que, en sus palabras, es “un centro de estudios sobre políticas públicas dedicado a defender la dignidad humana, potenciar el potencial humano y construir un mundo más libre y seguro”.

Esta encuesta encontró lo que podría considerarse el tránsito desde el temor inducido y condicionado desde lo público y los medios, al que en realidad representan, para los niños, la interacción con los vecinos y con el internet.

Dejamos establecido, de entrada, que el internet es una poderosa herramienta cultural.

Con el riesgo de homogeneizarla a partir de los estereotipos dominantes, extiende la cultura humana, más allá de sus límites reales, hacia la virtualidad, el sueño cultural de los románticos, de la revolución industrial y de la modernidad.

Según investigaciones y estudios en neurociencias realizados recientemente, el internet y la inteligencia artificial pueden considerarse como memoria humana (externa y transactiva) en expansión exponencial.

Unos enfocan sus aportes y otros sus amenazas a la integridad de los procesos cerebrales humanos.

Dado que el tema del referido estudio es la socialización, es natural que sus autores lo inicien indicando que “A medida que los estadounidenses pasan más tiempo en línea, el vecindario —que alguna vez fue un lugar físico fundamental para la socialización en el mundo real— está desempeñando un papel menos central que nunca”, un fenómeno que afecta a todas las sociedades en las cuales la conectividad al internet y la profusión de dispositivos móviles han crecido de forma sustancial.

Esta encuesta realizada por Cox, Grace y Shields, del Centro de Encuestas sobre la Vida Estadounidense, y las consideraciones que anotamos quizás adquieran importancia ante el hecho de que ni Zygmunt Bauman ni Sherry Turkle argumentaron sus consideraciones cualitativas sobre los riesgos de desocialización que enfrentaban las sociedades los individuos recurriendo a datos empíricos y cuantitativos.

Esto podría explicarse al observar que sus puntos de vistas fueron externados antes de la irrupción y la expansión global del internet, y que fueron, fundamentalmente, un efecto reactivo a la expansión de la televisión, cuya presencia y penetración social la interactividad de la internet erosionó progresivamente desde el inicio del siglo XXI.

Bauman escribió al respecto en su obra Modernidad y Holocausto, de 1989, y Turkle, en La vida en la pantalla (Life on the Screen, 1995), aunque por medio de entrevistas.

Turkle obtuvo nuevas y más frescas perspectivas mediante la observación cualitativa y entrevistas clínicas realizadas alrededor del año 2011 y publicadas en su Solos juntos (Alone Together) de 2011.

El estudio de Cox y colaboradores señala cómo la diferencia socioeconómica afecta la relación y confianza vecinal en ese país: entre los hijos de padres ricos y educados, son mayores; y menores del 40% entre los de padres de menor educación e ingresos.

Más allá de lo económico y educativo, otro factor incide: la religión.

Quienes asisten a servicios religiosos crean vínculos más fuertes con sus comunidades y son más activos y colaboran más en la solución de problemas.

Este estudio registra del siguiente modo la gravedad de la actual desocialización —ruptura del vínculo entre los habitantes de los entornos urbanos vitales inmediatos—: “Los jóvenes adultos han experimentado uno de los descensos más rápidos en la interacción vecinal: solo uno de cada cuatro afirma hablar con sus vecinos con regularidad, una caída de más de la mitad en poco más de una década” ya que en el 2012 el resultado fue uno de cada dos (50%).

La interacción comunitaria de los de menor y mayor educación difiere en más o menos un 12% a favor de los más educados, y la virtual (por e-mails o mensajería de texto), en 20%.

Menos de la mitad (49%) acudirían a los vecinos para que, en caso de emergencia, les cuiden a sus hijos, o por cualquier razón les confiarían su mascota.

Sin embargo, la diferencia entre cómo se sentirían los de menor y mayor educación solicitando a sus vecinos que les cuiden los hijos casi se duplica al crecer de 32% a 62%, respectivamente.

Finalmente, los investigadores afirman que “La encuesta sobre vecindarios estadounidenses revela una marcada división de clases en la interacción social.

Los estadounidenses con menor nivel educativo formal han experimentado el mayor descenso en sus experiencias sociales vecinales.

Tienen menos oportunidades para socializar y les resulta más difícil contar con el apoyo de sus vecinos en momentos cruciales.

Solo una de cada tres madres sin estudios universitarios se siente cómoda confiando en un vecino para que cuide a sus hijos en caso de emergencia”.

Este estudio documenta como hecho y proceso en desarrollo la sustitución de la interacción real por la virtual en las personas; de la cercana por la remota; de lo colectivo por lo individual.

Estos factores, además de propiciar la disociación de la personalidad con lo colectivo y lo real, favorecen y estimulan la aparición y desarrollo de una nueva cultura en la cual el individuo pierde lazos con su realidad y con los demás; desconoce a sus semejantes y se enmarca en ámbitos e interacciones no esenciales, utilitarias, egoístas, pasajeras e ilusorias, que sólo pueden conducirlo al interés propio, a la crueldad que en la pérdida de empatía se gesta y crece, al aislamiento, a la carencia de sentido y a la frustración.

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