La plaga amazónica en Ozama e Isabela evidencia falta de gestión de aguas residuales.
Cientos de toneladas de lilas cubren el río Ozama en Santo Domingo, un fenómeno que no es casualidad sino un síntoma de la contaminación crónica y el cambio climático que afecta los ríos de República Dominicana y la región del Caribe.
La escena es impactante: una marea verde e impenetrable de cientos de metros cuadrados a ambos lados del puente flotante del río Ozama, mientras decenas de hombres de la Armada Dominicana luchan por despejar la vegetación que presiona la estructura. Pero más allá de la imagen, lo que ocurre en Santo Domingo es un reflejo de un problema global: el jacinto de agua (Eichhornia crassipes), originario del Amazonas, se ha convertido en una plaga en ríos de todo el trópico debido a la eutrofización.
Aunque la lila actúa como un filtro biológico mediante la fitorremediación, absorbiendo metales pesados y nutrientes excedentes, su sobrepoblación tiene un efecto devastador: bloquea la luz solar, reduce el oxígeno y provoca la muerte de peces. En el caso dominicano, las lluvias recientes no crean la planta, sino que arrastran la biomasa acumulada en la cuenca alta durante la época seca, cuando se alimenta del nitrógeno y fósforo de las aguas residuales urbanas.
El puente flotante se convierte en un embudo, actuando como una represa artificial que detiene el avance de la vegetación, forma una densa alfombra verde y dificulta la navegación. Este escenario se repite en ríos de países como México, Brasil y Estados Unidos, donde el jacinto de agua es considerado una de las malas hierbas acuáticas más invasivas del mundo, lo que pone a República Dominicana en el mapa de las naciones que enfrentan este desafío ambiental.
La creencia popular de que la lluvia ‘abona’ la lila, como expresó un obrero, contrasta con la explicación científica: la planta se multiplica en cauces tranquilos y con alta presencia de nutrientes. El problema de fondo es la falta de tratamiento de aguas residuales en las ciudades, que alimenta el crecimiento descontrolado de esta especie y convierte los ríos en un riesgo para la salud pública, la economía y el medioambiente.
Para República Dominicana y su diáspora, este fenómeno es una llamada de atención sobre la necesidad de invertir en infraestructura de saneamiento y monitoreo ambiental. La crisis del Ozama no es solo local; es un indicador de la degradación de los ecosistemas acuáticos en el Caribe, con impacto en el turismo, la pesca y la biodiversidad, y un espejo de lo que podría ocurrir en otros ríos del país si no se toman medidas.












