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La catástrofe que siempre nos sorprende

Un reputado ingeniero venezolano llevaba años repitiendo que el 90% de la población vivía o trabajaba en zonas sísmicamente activas y que la mayoría de sus edificios fueron diseñados bajo normas desactualizadas.

Nadie lo escuchó.

En Haití, geólogos y urbanistas advirtieron durante la década previa al 12 de enero de 2010 que Puerto Príncipe era una trampa: suelos blandos, edificios sin código antisísmico, un Estado incapaz de fiscalizar una sola obra.

Nadie los escuchó.

En Messina, provincia siciliana, los geólogos llevan décadas documentando el avance del agua sobre una tierra que cede.

Nadie los escucha.

La historia de las catástrofes anunciadas no es la historia de la naturaleza: es la historia de nuestra soberbia.

No hace falta ser geólogo ni experto para saber lo que sigue.

Es memoria histórica, dominio público.

Noticias reseñadas en la prensa.

Los desastres naturales no discriminan: el tsunami del océano Índico en 2004 borró costas enteras en minutos.

Los terremotos de Turquía en 2023 sepultaron ciudades bajo edificios que compraron su permiso de construcción en vez de cumplir sus normas.

El sismo de Ciudad de México en 1985, y otra vez en 2017, encontró los mismos vacíos institucionales, la misma improvisación, el mismo duelo sin protocolo.

En todos esos casos, alguien había advertido.

En todos esos casos, la advertencia reposó en un cajón.

A nosotros la boca nos está picando cerca, y también lo sabemos.

Escuchando a los expertos sabemos que vivimos sobre la interacción de las placas tectónicas del Caribe y Norteamérica, una de las zonas sísmicamente más activas del hemisferio.

No es especulación: es nuestra propia historia.

En 1562, un terremoto destruyó casi por completo La Vega colonial, obligando a reconstruirla donde hoy se encuentra; de su catedral apenas quedó en pie una columna.

En 1842, la catástrofe se extendió por toda la isla con un maremoto en la costa norte.

En 1946, un sismo de magnitud 8.1 generó un tsunami que borró la población costera de Matancitas, en Nagua.

Los conocedores de la materia han sentenciado: “El verdadero problema no es solo la actividad sísmica en sí, sino la alta vulnerabilidad de lo que hemos construido.” Y sin embargo, la madrugada del 8 de abril de 2025, cuando el techo del Jet Set sepultó a por lo menos 236 personas, descubrimos cuán difícil era movilizar grúas especiales para remover escombros, y nos sorprendió que el INACIF contara con un puñado de técnicos para atender una emergencia de proporciones históricas.

No hubo plan.

No hubo coordinación.

Hubo improvisación, dolor y cámaras.

La providencia divina es un consuelo legítimo para quienes han perdido todo.

Pero no es una política pública.

No sustituye al urbanista que fiscaliza, al ingeniero que certifica, al Estado que invierte en preparación antes de que suene la primera alarma.

La naturaleza se comporta como madrastra porque nosotros nos comportamos como hijos que nunca aprenden.

No nos basta con ser solidarios ante desastres naturales de otros países.

La barba ajena ha caído ¿tenemos ya la nuestra en remojo? Tags relacionados LAS MÁS RECIENTES El Caribe.

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