Un análisis sobre cómo el diseño urbano actual prioriza el cemento sobre el juego infantil seguro
La tendencia de convertir parques en extensiones de cemento gana terreno en las ciudades dominicanas y del mundo. Este fenómeno, que prioriza lo estético y lo fácil de mantener, ignora las necesidades de los niños y el valor de las áreas verdes para la vida urbana.
La escena de un niño que tropieza y cae es universal. Pero el resultado depende del suelo: no es lo mismo caer sobre grama que sobre concreto. Esta diferencia, que parece menor, revela cómo se están pensando los espacios públicos en la actualidad, tanto en República Dominicana como en el ámbito internacional.
En los últimos años, muchos parques construidos o remodelados se han convertido en extensiones de cemento: plazas duras, caminos pavimentados y áreas de juego con piso rígido. Se ven limpios y ordenados, fáciles de mantener. Sin embargo, se pierde el lugar donde un niño puede caer sin lesionarse, donde un bebé puede tocar la tierra, donde una familia puede extender una manta sin buscar desesperadamente un pedazo de sombra verde.
El clásico libro ‘Muerte y vida de las grandes ciudades’ dedica páginas a pensar los parques no como adornos, sino como espacios que viven o mueren según cómo los habitamos. Advierte que ‘las ciudades están llenas de parques que apenas si se justifican’, espacios verdes que existen en el papel pero no cumplen función real para los vecinos. También señala que los parques más problemáticos son aquellos situados en lugares por donde no pasa nadie, quedando vacíos y sin vida. Fue de los primeros en hablar de ‘la ciudad de los niños’: pensar el espacio urbano desde la altura de un niño, desde lo que necesita para jugar, moverse y descubrir el mundo sin que ese mundo se lo cobre con un golpe. Desmonta la idea de que basta con poner un parque para mejorar la calidad de vida de un barrio; importan las condiciones reales: quién lo usa, cómo lo usa y qué tan seguro y vivo se siente.
No se trata de estar en contra del concreto, pues toda plaza necesita caminos, bancas y superficies firmes. Se trata de no olvidar que un parque, sobre todo si lo van a usar niños, necesita tierra blanda, grama, árboles que den sombra y absorban el calor, superficies que perdonen una caída. El concreto es barato de mantener y se ve bien en una foto, pero no perdona. Y los niños, que son quienes más usan estos espacios, son también los que más se caen. Pensar en áreas verdes no es un capricho estético ni una nostalgia por ‘lo natural’. Es pensar en quién va a usar ese espacio todos los días: el niño que aprende a montar bicicleta, el abuelo que necesita sombra para sentarse, la familia que busca un rato de aire fresco sin tener que salir de la ciudad. Un parque bien pensado no es el que más impresiona en una inauguración, sino el que, años después, sigue siendo un lugar al que la gente quiere volver, porque ahí se sintió bien, porque ahí sus hijos pudieron correr, caer, levantarse y seguir jugando.










