El economista Dani Rodrik reabrió recientemente uno de los debates más persistentes de la economía del desarrollo al sostener que los países en desarrollo deberían desplazar su atención de la manufactura hacia los servicios que impulsan la productividad.
Con ello, ha cuestionado la arraigada idea de que la manufactura sigue siendo el principal motor del desarrollo.
Pero la cuestión de fondo no es si los servicios deben reemplazar a la manufactura.
El verdadero interrogante es si la transformación estructural debe seguir entendiéndose principalmente como el traslado de recursos entre sectores económicos.
Ese marco conceptual, que orientó la economía del desarrollo durante más de medio siglo, está cada vez más alejado de la forma en que las economías modernas generan valor.
Desde W.
Arthur Lewis y Raúl Prebisch hasta Albert Hirschman y Nicholas Kaldor, la transformación estructural se entendió como la reasignación de mano de obra y capital desde actividades de baja productividad hacia otras más productivas.
La manufactura ocupaba un lugar central porque combinaba economías de escala, aprendizaje tecnológico y un crecimiento sostenido de la productividad.
Sin embargo, ese enfoque reflejaba las realidades de una época en la que las fábricas eran el núcleo del progreso tecnológico y del crecimiento de los ingresos.
Los objetivos del desarrollo no han cambiado desde entonces.
La productividad, el aprendizaje tecnológico y la complejidad económica siguen siendo los pilares de la prosperidad a largo plazo.
Lo que sí ha cambiado es dónde —y cómo— surgen esas capacidades.
Tres factores están impulsando esta transformación.
La inteligencia artificial está redefiniendo rápidamente la relación entre el trabajo y la producción, mientras que la fragmentación geopolítica ha devuelto la política industrial al centro de la estrategia económica.
Al mismo tiempo, la transición hacia las energías limpias está reorganizando la producción en torno a nuevas tecnologías, minerales críticos e industrias de bajas emisiones de carbono.
Aunque ninguno de estos cambios resta importancia a la manufactura, en conjunto sugieren que esta ya no define por sí sola la transformación estructural.
Cada vez importa menos el sector en sí y más las capacidades productivas que incorpora.
La manufactura moderna depende del software, la logística, las finanzas y las plataformas digitales, mientras que la agricultura se apoya en la biotecnología, las imágenes satelitales y la ingeniería de precisión.
Los servicios avanzados impulsan hoy el aprendizaje tecnológico, la innovación y el dinamismo exportador que antes se asociaban casi exclusivamente con la manufactura.
Como resultado, las fronteras que antes separaban estos sectores se difuminan progresivamente.
En muchos sentidos, las capacidades siempre han sido el verdadero motor de la transformación estructural.
Y dado que los servicios productivos desempeñan cada vez más el papel que históricamente cumplía la manufactura, la pregunta clave es qué actividades amplían de forma continua la capacidad productiva de una economía.
La respuesta se encuentra en ecosistemas que integran la manufactura y la ingeniería con la investigación, la infraestructura digital, las finanzas y las instituciones públicas.
Tomemos como ejemplo las baterías para vehículos eléctricos.
La política industrial tradicional anima a países como la República Democrática del Congo a procesar el cobalto dentro de sus fronteras, en lugar de exportar el mineral en bruto.
Pero la manufactura nacional ya no garantiza, por sí sola, que un país capture las partes más rentables de la cadena de valor.
Incluso si la República Democrática del Congo logra producir componentes de baterías —o incluso baterías completas—, gran parte del valor seguirá trasladándose al exterior mientras el diseño, los equipos especializados, el software, las normas técnicas y las redes de distribución permanezcan concentrados en otros países.
China ilustra bien esta dinámica.
A pesar de su enorme capacidad manufacturera, su ventaja competitiva proviene menos de la escala de su producción que del control de las tecnologías, el conocimiento técnico, la propiedad intelectual y los ecosistemas industriales en los que opera la manufactura.
La lección es clara: la transformación estructural exige ir más allá de la producción y avanzar hacia el dominio del propio ecosistema productivo.
Para África, sin embargo, esta lección refuerza la necesidad de la industrialización, ya que desarrollar capacidades tecnológicas y capturar una mayor proporción del valor agregado dentro del continente siguen siendo prioridades fundamentales.
De hecho, la inteligencia artificial y la creciente importancia de los servicios productivos fortalecen el papel de la manufactura como una poderosa fuente de aprendizaje, progreso tecnológico y desarrollo de capacidades.
Sin embargo, las ventajas comparativas de África también están evolucionando.
A diferencia de los países que se industrializaron tardíamente en el pasado, las naciones africanas buscan industrializarse en un mundo donde los cambios demográficos, la transición climática y las tecnologías digitales están transformando el panorama del desarrollo.
A medida que las economías avanzadas envejecen, se prevé que África concentre gran parte del crecimiento de la población mundial en edad de trabajar y del aumento de la demanda de consumo.
Como los países africanos no están limitados por sistemas productivos heredados, tienen la posibilidad de construir desde cero sistemas de energía renovable, industrias de bajas emisiones e infraestructuras digitalmente integradas, en lugar de adaptar sistemas intensivos en carbono desarrollados durante más de un siglo.
No obstante, su capacidad para aprovechar estas ventajas dependerá de que logren construir instituciones que fomenten el aprendizaje y la innovación.
La política industrial debe evolucionar en consecuencia.
En lugar de limitarse a promover la manufactura o a priorizar determinados sectores estratégicos, los gobiernos deben crear las condiciones para expandir las capacidades productivas.
Eso implica desarrollar ecosistemas que conecten a las empresas con universidades, centros de investigación, sistemas financieros, infraestructura digital y mercados regionales.
La industrialización en África siempre ha consistido en construir las bases institucionales de una economía moderna.
Las sociedades industrializadas dependen de mercados formales, logística moderna, intermediación financiera, contratos exigibles y datos confiables, todo ello respaldado por instituciones capaces de gestionar interacciones económicas complejas.
Las fábricas son solo una pieza de esa arquitectura mucho más amplia.
Es precisamente aquí donde las tecnologías emergentes ofrecen oportunidades que los países que se industrializaron tardíamente en el pasado no tuvieron.
Los pagos digitales, los sistemas de identidad, las plataformas públicas interoperables y la inteligencia artificial pueden acelerar la formalización de la economía, reducir los costos de transacción, mejorar la administración tributaria, ampliar el acceso al financiamiento y fortalecer la capacidad del Estado.
La inteligencia artificial, en particular, tiene el potencial de modernizar la arquitectura institucional sobre la que funcionan los mercados.
Si se gobierna adecuadamente, puede ayudar a los países a saltar etapas del desarrollo industrial, al tiempo que crea nuevas oportunidades para desarrollar y proteger la propiedad intelectual.
Al cuestionar el carácter excepcional de la manufactura, Rodrik ha prestado un valioso servicio a la economía del desarrollo.
El siguiente paso consiste en cuestionar el excepcionalismo de los sectores en sí mismos y replantear la manera en que se organiza la producción.
En un mundo estructurado en torno a redes digitales, activos intangibles y ecosistemas industriales, la prosperidad dependerá de la capacidad de las economías para acumular y renovar su capacidad productiva.
En lugar de recorrer el mismo camino que siguieron los primeros países industrializados, África debe aprovechar este momento para forjar un nuevo modelo de transformación estructural.
Carlos Lopes, ex secretario ejecutivo de la Comisión Económica de las Naciones Unidas para África, es profesor de la Escuela Nelson Mandela de Gobernanza Pública de la Universidad de Ciudad del Cabo.
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