Todo cuanto dijo el apóstol Pablo en el siglo primero continúa siendo válido y verdadero para quienes propagan el evangelio de Cristo hoy.
Pero debemos observar que para predicar a los incrédulos, en aquellos tiempos, no se valió de su vasta teología o el conocimiento y la filosofía del mundo; solo basó su mensaje en ‘Jesucristo, y este crucificado’: proclamación que es el único camino para salvar al pecador.
Por eso había anunciado y enseñado a los no creyentes la esencia misma de las buenas noticias.
Había enfatizado que Jesucristo pagó el castigo por la impiedad en la cruz.
Sabía que la persona debía entender y creer el evangelio, antes de recibir instrucción doctrinaria; que su misión era centrarse en ‘Jesucristo, y este crucificado’, es decir, la persona y la obra del Señor Jesús.
En efecto, ante un público incrédulo, su predicación se enfocó exclusivamente en Jesucristo y su crucifixión, que salva al perdido, liberta al cautivo y da al creyente la victoria perpetua.
No tenía que añadir nada más a su mensaje.
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