Un espacio recreativo emerge donde antes hubo un parque comunitario, pero la comunidad exige más
La Línea 2 del Metro de Santo Domingo transformó la movilidad urbana, pero también sacrificó el parque La Canquiña. Más de una década después, la promesa de restablecerlo se asoma tímidamente, mientras los residentes cuestionan la coexistencia entre progreso y espacios verdes.
La construcción de la estación Horacio Vásquez de la Línea 2 del Metro de Santo Domingo, que comenzó a operar en abril de 2013, implicó la desaparición del parque La Canquiña, un amplio espacio recreativo que se extendía por todo el perímetro. Entre finales de agosto y principios de septiembre, se retiraron dos o tres paneles que restringían el área por obras, revelando un espacio con asientos, piedras, juegos y pintura, lo que sugiere el inicio de un nuevo parque.
El antiguo parque La Canquiña era un punto de encuentro comunitario, con abundantes árboles y un ambiente fresco que contrastaba con el entorno de cemento y asfalto. Una residente que vivió frente a él describe la nostalgia de ver desmantelado un espacio lleno de vida y algarabía, y la esperanza de que las nuevas generaciones puedan disfrutar de un lugar similar. Sin embargo, la lentitud en la restitución genera frustración.
Noticias de 2010 y 2012 documentan la promesa del Ayuntamiento del Distrito Nacional de restablecer los parques una vez concluidos los trabajos del Metro, en referencia a la Opret. No obstante, no es hasta 2026 cuando se vislumbran señales de esa promesa. En 2025, la Cámara de Diputados conoció una resolución que recomendaba construir un parque recreativo en la avenida Padre Castellanos, próximo a la estación Horacio Vásquez.
El caso refleja un desafío recurrente en las grandes ciudades: conciliar el desarrollo del transporte masivo con la preservación de espacios verdes y comunitarios. Mientras el Metro de Santo Domingo es reconocido como una obra magnífica, la pregunta persiste: ¿por qué el progreso no puede coexistir con la naturaleza y la vida comunitaria? La promesa cumplida trece años después deja una sensación agridulce y un llamado de atención sobre la planificación urbana.










