Psiquiatría, sociología y economía desmontan el discurso de la ‘falta de valores’
La violencia en República Dominicana no nació ayer ni se explica por una supuesta degeneración moral colectiva. Un análisis firmado por Anulfo Mateo Pérez el 20 de septiembre de 2026 sostiene que se trata de un fenómeno multicausal donde confluyen psiquis, familia, cultura, desigualdad, instituciones y poder político.
Desde la psiquiatría, el texto desmonta el prejuicio de que todo violento es un enfermo mental o viceversa. La violencia conyugal se relaciona con trauma y con experiencias de abuso infantil que después se traducen en conducta violenta. Un niño que crece contemplando golpes, humillaciones, alcoholización y desprecio puede asimilar que la fuerza es un método legítimo para resolver conflictos, un lenguaje familiar que luego migra a la calle.
La sociología obliga a mirar más lejos: el individuo pertenece a una familia, comunidad y sociedad. Machismo, desigualdad de género, cultura autoritaria, impunidad y exclusión crean condiciones para que el agresor justifique sus actos y la víctima quede atrapada por el miedo. El Poder Judicial encontró que, en sentencias analizadas entre 2020 y 2024 sobre violencia de género e intrafamiliar, la mayoría de los hechos ocurrió en viviendas o lugares de habitación de las víctimas, lo que convierte el hogar en una celda.
La economía también tiene su expediente. Pobreza, desempleo, precariedad y desigualdad no producen automáticamente delincuentes, pero multiplican vulnerabilidades y reducen horizontes. El Banco Mundial ha relacionado pobreza, desempleo, desesperanza y desigualdad con mayores riesgos de criminalidad y violencia. El PNUD ha señalado brechas persistentes en ingresos, género y oportunidades. La contradicción del modelo dominicano es que el crecimiento económico no equivale necesariamente a bienestar social distribuido.
Los regímenes políticos tampoco pueden lavarse las manos. Una democracia que reduce la ciudadanía a votar cada cuatro años, mientras deja barrios atrapados en precariedad, escuelas deficientes y comunidades expuestas al narcotráfico, termina administrando las consecuencias de sus propias insuficiencias. La patrulla puede contener el síntoma, pero difícilmente extirpará la enfermedad. El autoritarismo tampoco resuelve la violencia: puede ocultarla, desplazarla o ejercerla desde el propio Estado. La represión sin política social es una ‘curita’ sobre una arteria abierta.










