La reciente comparecencia del expresidente Leonel Fernández en un emblemático programa televisivo transmitido al mediodía dejó sobre la mesa dos temas que forman parte de los mitos de la política dominicana.
En primer lugar, la llamada tasa de rechazo que algunos sectores le atribuyen, y en segundo lugar, la supuesta responsabilidad directa que se pretende cargar sobre sus hombros respecto de los problemas actuales del país, partiendo del hecho de que en tres ocasiones ha cargado sobre su pecho la banda presidencial.
Las respuestas del exmandatario fueron tan acertadas como brillantes, no solo por el contenido de sus planteamientos, sino por la precisión conceptual con la que desmontó ideas que han circulado como un espectro en el escenario político.
Precisamente por eso resultaba necesario separar la percepción interesada del razonamiento democrático.
El mito de la tasa de rechazo El expresidente Fernández abordó el mito de su presunta tasa de rechazo.
Sobre este punto sale a relucir una grave confusión que orbita en la opinión pública nacional: la tendencia a asimilar al votante que ha elegido libremente a otro candidato con aquel elector que rechaza de manera absoluta la posibilidad de votar por una figura determinada.
En el primer escenario, el ciudadano simplemente ha decidido tomar otro camino electoral.
Esa decisión puede estar motivada por afinidad partidaria, por conveniencia coyuntural, por una lectura particular del momento político e incluso por una simple convicción ideológica.
Nada de eso implica, necesariamente, rechazo hacia los demás candidatos.
Es, más bien, la expresión natural de toda democracia plural, donde la competencia supone diversidad de preferencias y libertad para escoger entre varias opciones.
La tasa de rechazo es otra cosa, y existe cuando una parte del electorado declara que no votaría por un determinado candidato bajo ningún concepto, sin importar las circunstancias, las propuestas o el contexto político.
Esa es una categoría mucho más severa y no puede confundirse con el simple hecho de que un elector haya preferido otra candidatura en un momento determinado.
Desde esa perspectiva, atribuirle al expresidente Fernández una tasa de rechazo determinante resulta, cuando menos, una lectura simplista.
El hecho de que una sociedad se divida electoralmente no convierte automáticamente a cada bloque contrario en un bloque de rechazo absoluto.
En democracia, incluso quien gana con mayoría suficiente convive con una parte del electorado que optó por otra alternativa.
Eso no significa que exista una imposibilidad política para ampliar apoyos, conciliar opiniones, buscar consenso o recuperar simpatías, aspectos que forman parte de la experiencia del exmandatario.
La responsabilidad por los problemas actuales El segundo punto tratado fue igualmente relevante: la responsabilidad que algunos pretenden asignarle por los problemas que hoy afectan a la nación.
En este aspecto, su respuesta permitió introducir una reflexión sobre la continuidad del Estado, la naturaleza estructural de muchos males nacionales y los límites reales de cualquier gestión gubernamental.
Con su basta experiencia de Estado, el expresidente aclaró que los problemas de un país no nacen ni desaparecen por completo en un período presidencial.
Algunos desafíos son históricos, otros se transforman con el tiempo y muchos requieren políticas sostenidas, instituciones fuertes y voluntad colectiva para ser enfrentados.
Pretender que un solo liderazgo sea responsable de todo cuanto ocurre años después de haber dejado el poder es una forma de reducir el debate público a consignas, no de elevarlo hacia soluciones.
Esto no significa negar que toda administración deba ser evaluada críticamente.
Por el contrario, la vida democrática exige revisar aciertos, errores, avances y tareas pendientes.
Pero esa evaluación debe hacerse con equilibrio, distinguiendo entre lo que fue responsabilidad de un gobierno, lo que corresponde a procesos acumulados y lo que pertenece a decisiones posteriores tomadas por otras autoridades.
Fernández respondió desde esa lógica: la política no consiste en presentar soluciones mágicas ni en prometer la desaparición definitiva de todos los problemas, sino en avanzar, corregir, institucionalizar y dejar capacidades instaladas.
En esa visión, el juicio sobre la gestión del expresidente es altamente positiva, pues es innegable el proceso de transformación que ha tenido la República Dominicana desde el año 1996 a la fecha.
Basta con recordar lo que éramos y cómo estábamos, y mirarnos en el espejo de la actualidad.
Definitivamente que Leonel Fernández ha marcado la historia de la República Dominicana, y nos colocó en el sendero del progreso y el desarrollo.
Nos introdujo a un mundo globalizado y nos ayudó a abrazar las tecnologías de punta.
Pero lo más importante, es que todavía le queda mucho por dar.
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