Publicidad
Publicidad
Deportes

Lo que se hace evidente

Nuestra atención es limitada y fraccionada, por lo que, por nuestro bien, precisamos enfocarla, construir prioridades vitales, o de interés, o de obsesión.

Así, mucho de lo que nos rodea se convierte en habitual, en común.

En escenario de fondo, en lo normal.

Hasta que algo te hace verlo con los ojos de un descubierto espanto vital.

*** Un sábado caluroso en un colmadón.

Converso con un colega, periodista.

Nos conocimos en persona el día anterior, hasta entonces habíamos interactuado en una red social.

Desde que le dije mi nombre supo quién era.

Vino al país a una actividad en la que habló sobre los vericuetos, cada más enredados, para hacer no solo periodismo, sino buen periodismo.

Entre los tragos de cerveza, me hizo preguntas.

Tenía solo dos días en República Dominicana y dirigía su curiosidad a develar un poco las apariencias que había observado.

Poco acostumbrada responder, pues mi común ejercicio es preguntar, hice gala de mis mejores contextualizaciones, luchando con la música y los ruidos de la vida de un sábado en la tarde que sirven de telón de fondo.

Me dice que algunos de los asuntos que le expongo parecen ser temas incomodos para algunas personas a las que han planteado las mismas cuestiones.

No me extrañan sus observaciones con excepción de una.

Mientras estoy en mi papel de guía sociopolítica, me dice que notó una diferenciación particular y obvia entre gran parte del grupo de asistentes a la actividad en la que participaba, una que no esperaba y que le sorprendía al comparar a quienes, en el local en que se discutían ideas y se comentaba sobre la actualidad política, se apuraban por servir los cafés y los aperitivos, respondía preguntas sobre dónde están los baños, atendían peticiones y velaban por hacer más cómoda la estancia mientras la sensación térmica rondaba los 42 grados Celsius.

Creo que le respondí con alguna frase media hecha para salir del paso, dando detalles vagos sobre las posibles razones de ese escenario observado por él, incluyendo una autorreferencia a mi cabello rizado.

Pero la verdad es que estaba sorprendida por lo común, y naturalizado, que aquello era para mí, tanto que no lo podía ver en la forma tan destemplada y sincera con la que él me la señalaba.

*** Entre las constantes altas temperaturas y un cuerpo en estado de transición, que científicamente se le llama perimenopausia, me cuesta más de lo que creo navegar por las exigencias diarias dentro de las paredes de mi apartamento.

Por lo que el miércoles en la tarde decidí, en la hora más calurosamente bochornosa, poner el aire acondicionado el nivel más frío posible, y prudente al pensar en la factura eléctrica, y me dormí.

Horas después, habitada de un efímero bienestar, enciendo la laptop y tomo el móvil.

Tengo una llamada perdida.

– ¿Cómo está tu familia en Venezuela? Le respondo que todo bien, que en la misma situación de siempre porque nada ha cambiado.

Mi interlocutor advierte mi ignorancia.

– ¿No sabes lo que ha pasado? Siento un saltó súbito en el pecho.

Le digo que no, que no sé, que qué pasa.

– Un terremoto fuerte, muy fuerte.

Hay mucha destrucción… Termino la conversación con el mayor apuro que los modales me permiten y busco el contacto de mi hermana.

*** “Están bien?”.

Le escribo en WhatsApp.

Al minuto siguiente la llamo.

La conversación es atropellada.

Me explica del susto, del temblor de tierra fuerte, de cómo corrió escaleras abajo con su hija menor, su esposo y familiares de su esposo.

Está agitada, noto el nerviosismo, el espanto de su voz.

Pregunto por mi otra sobrina, su hija mayor.

Está en Altamira, me dice, en casa de su novio, en una zona donde hubo destrozos en Caracas.

Quiere que regrese a la casa, quiere que mi cuñado salga a buscarla.

Yo la escucho, hurgo en mis palabras, para construir frases que puedan de alguna forma aliviarla, tranquilizarla.

Busco la cuenta de mi sobrina en Instagram.

Le escribo un mensaje.

Me responde.

Me dice que está bien.

Le digo que mejor permanezca ahí, que es de noche, que puede ser peligroso, que trate junto a su novio y los demás de estar seguros y que regresara al día siguiente a su casa.

Le hablo a mi hermana, le digo que lo mejor es que ella se quede donde está.

La entiendo como madre, entiendo su deseo de abrazarla, de protegerla, de tocar la vida en el cuerpo de la mujer que trajo al mundo.

Nos pasamos la noche intercambiando mensajes.

Conocidos y amigos me preguntan por ellos.

Respondo que están bien.

Tristes, nerviosos, pero bien.

Físicamente bien.

Me acuesto esa noche pensando en la última vez que la vi, hace 20 años, que no conozco a su segunda hija, en mi deseo de abrazarla, de tocar la vida en el cuerpo de una hermana que conocí de adulta y en que me reconocí en un lazo único, de ese tipo de lazos en el que te sorprendes al verte multiplicada en un jardín de gestos, de manera de hablar, de estar, de pensar, de ser.

*** Dos ancianos parecen mirar a un punto fijo, una televisión quizás.

Rutina.

Los dos solos, como tantos lo están en Venezuela, sostenidos desde la lejanía por los más jóvenes que han tenido que marcharse para que ellos puedan tener comida, medicinas, un techo que habitar, y los que se fueron un futuro que no tendrían donde ellos construyeron el suyo.

En el video, hecho viral, el señor se pone de pie al sentir los primeros movimientos.

La señora, en una silla de ruedas, se muestra nerviosa.

Él se acerca a ella, la rodea.

Cuando todo se mueve violentamente, se caen las cosas de las paredes, ella grita con temor y miedo.

El cuerpo de él se tambalea, pero se sostiene de los apoyos de la silla de ruedas.

– ¡Tengo miedo! ¡No me dejes! Él se acerca a ella, le da un beso en la frente y le responde con una calma casi milagrosa, con el tono dulcemente seguro de todos los puentes que han podido construir durante décadas, con la certeza que no hay otro lugar, aunque ese lugar se esté derrumbando.

– No, no te voy a dejar.

*** Sábado.

Datos oficiales.

Dos terremotos de magnitud 7.2.

y 7.5 golpearon el centro de Venezuela el miércoles, dejando al menos 920 muertos y unos 3,360 heridos.

Mi sobrina Naka, la hija mayor de mi hermana, colabora con sus vecinos para llevar comida cocinada donde se necesita.

Mi hermana se suma a la coordinación de las monjas del colegio de su hija menor.

Luego de un recorrido, Naka apuntó a lo esencial: guantes, gasas, medicamentos, alcohol.

También se apunta la sugerencia de una tía, que al otro lado de la pantalla se llena de lágrimas a verla, al escucharla: toallas sanitarias y pampers para niños y adultos.

Miro sus ojos.

Envueltos en el descubierto espanto de lo vital.

Espero abrazarla pronto.

Tags relacionados LAS MÁS RECIENTES copa mundial de la fifa Alex Bueno Tendencias Juan Hubieres.

admin
el autoradmin
EnTendenciaRD es un medio digital de noticias y análisis que informa sobre los temas más relevantes de la República Dominicana y el mundo, con un enfoque moderno, confiable y orientado a las tendencias actuales.

Deja una respuesta