Mientras el instinto prevalezca sobre la razón, la violencia y el desacuerdo seguirán siendo las barreras que nos impedirán alcanzar un mejor clima de convivencia social.
Mientras el castigo físico y el psicológico persistan como el método disciplinario más usado en nuestros hogares, estaremos edificando una sociedad que forma los monstruos del mañana.
La encuesta Enhogar-2025 ha revelado que el 57% de los niños menores de diez años reciben estos maltratos regularmente de parte de padres o cuidadores.
Este es un dato desgarrador, que debería rompernos el alma, porque ese ambiente tan temprano de disciplina y sumisión es el preludio de un futuro ya contaminado.
Si pudiéramos rasgar la superficie de la cordura de cada homicida, de cada feminicida, de cada agente de la ley que abusa de su poder, o incluso de cada padre o madre que levanta la mano contra su hijo, encontraríamos el mismo pasaje oscuro: una infancia empaquetada en violencia.
El daño recibido se convierte en daño ejercido.
El abuso es un eco que rebota de generación en generación.
Las leyes existen, pero parecen escritas en un idioma que los verdugos no entienden o, peor aún, que los jueces no aplican.
En una sociedad poblada por seres humanos abusados, precariamente educados, y carentes de valores, los episodios de peleas callejeras o domésticas, violaciones y desprecios a la ley, los atracos y asesinatos no disminuirán.
Hoy estamos viendo la cara más dura de esa realidad.
La de una sociedad donde el más fuerte aplasta al más débil y donde, a pesar de nuestros discursos de progreso y civilización, la ley del más bestia es la que realmente impera.
No debemos seguir siendo cómplices de esta farsa.
No podemos seguir normalizando este infierno.
Porque mientras el castigo físico o verbal sea visto como “necesario” y el grito como “educativo”, estaremos criando una sociedad que no sabe convivir, solo sobrevivir.
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