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Nacional

¿Y si tres millones de cruceristas dejaran de ser la meta?

Toda política pública exitosa enfrenta, tarde o temprano, un desafío inevitable: reinventar la manera en que mide su propio éxito.

Creo que ese momento ha llegado para el turismo dominicano.

Las proyecciones indican que la República Dominicana podría cerrar el año 2026 con cerca de tres millones de cruceristas.

Solo durante el primer trimestre arribaron 1,106,597 pasajeros, mientras que marzo registró 352,108 cruceristas, la cifra mensual más alta de la que se tiene registro.

Estos resultados consolidan al país entre los principales destinos de cruceros del Caribe y reflejan un liderazgo construido sobre inversión, planificación y confianza internacional.

Pero precisamente los grandes logros obligan a formular nuevas preguntas.

¿Y si tres millones de cruceristas dejaran de ser la meta? No porque debamos renunciar a seguir creciendo.

Todo lo contrario.

El aumento sostenido de visitantes seguirá siendo un indicador esencial del dinamismo del sector turístico.

Sin embargo, cuando un destino alcanza cierto nivel de madurez, el éxito deja de medirse únicamente por la cantidad de visitantes y comienza a evaluarse por el impacto económico que cada uno genera.

No es un cambio semántico; es un cambio de modelo.

Hoy, el gasto promedio de un crucerista ronda los US$100.

Un incremento de apenas US$20 por visitante podría traducirse en alrededor de US$60 millones adicionales circulando en la economía dominicana, considerando una llegada cercana a los tres millones de pasajeros.

La relevancia de esa cifra no está únicamente en el monto, sino en su capacidad para dinamizar restaurantes, artesanos, guías turísticos, transportistas, productores agropecuarios, pescadores y miles de pequeñas y medianas empresas que integran la cadena de valor del turismo.

Ese debe ser el próximo objetivo del país: aumentar el valor económico que genera cada visitante.

Alcanzarlo exige una visión más amplia.

Los viajeros de hoy buscan experiencias auténticas, gastronomía, cultura, seguridad, sostenibilidad y servicios de excelencia.

Los destinos que mejor responden a esas expectativas son los que capturan una mayor parte del gasto de cada visitante.

Eso obliga a fortalecer nuestros proveedores, impulsar la innovación, facilitar el acceso a financiamiento competitivo e invertir en infraestructura y logística.

La competitividad de un destino ya no depende únicamente de sus recursos naturales; depende de la calidad del ecosistema que rodea la experiencia del visitante.

La República Dominicana ya ganó una parte importante de la competencia: atraer visitantes.

La siguiente competencia será lograr que una mayor proporción del valor de cada viaje permanezca en nuestra economía, generando más productividad, mejores empleos y mayores oportunidades para los dominicanos.

Los destinos turísticos del futuro no competirán únicamente por recibir más visitantes.

Competirán por convertir cada visita en mayor valor agregado para sus economías.

República Dominicana ya demostró que puede liderar por cantidad.

El desafío de la próxima década será liderar por valor.

Porque el verdadero éxito del turismo no se medirá únicamente por las personas que lleguen a nuestras costas, sino por la capacidad de transformar cada visita en más desarrollo, más competitividad y mayor bienestar para todos los dominicanos.

El autor es Abogado.

Subdirector Ejecutivo de la Autoridad Portuaria Dominicana.

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