Esta columna es distinta de las anteriores.
Tal vez un paréntesis de filosofía para respirar.
En estos días, estoy preparando una charla sobre IA y fe católica , a propósito de la encíclica de León XIV Magnifica Humanitas -si no la han leído, háganlo, puede aportarles mucha luz-.
En el proceso, he encontrado confluencias inesperadas con el pensamiento de un sociólogo polaco-británico de nombre impronunciable, y me parece muy oportuno compartirlo.
Hace unos años, el poeta José Mármol nos lo presentó: Zygmunt Bauman.
Fue quien acuñó el término “modernidad líquida” para referirse a este tiempo en que vivimos donde todo parece escurrirse entre nuestros dedos, como el agua.
Es una forma elegante de nombrar la crisis existencial que azota a la humanidad.
Bauman, plantea que los hombres que lucharon en la Ilustración por conseguir libertades y derechos, ahora no saben manejar los miedos y las angustias existenciales que esa libertad conlleva.
Solos, responsables de su propio destino, se convierten en consumidores y en mercancía: la ironía de estar aislados en un mundo hiperconectado.
Bauman, no ofreció esperanza ni redención para este panorama.
Y entonces nos cae encima la Inteligencia Artificial, que se acomoda en el escritorio, el sofá, la cama, como un habitante más de nuestros espacios.
Y encuentra terreno fértil para que todas las distopías anunciadas por los profetas literarios de la ciencia ficción, se hagan realidad y más aún.
La IA sabe cómo piensas, tus miedos, tus sueños, tus ideas y tus prejuicios.
Te dice lo que quieres escuchar, te va llevando a las conclusiones y acciones que su entrenamiento le ha trazado, y tú te dejas llevar, convencido de que eres quien está decidiendo, escribiendo y pensando.
Zygmunt Bauman murió en 2017, justo cuando los grandes modelos de lenguaje empezaban a gestarse.
No alcanzó a ver ChatGPT ni a Claude.
Pero lo que escribió describe con precisión asombrosa el mundo que la IA está construyendo hoy.
Para muestra, tres ejemplos: • Personas como mercancías.
En la modernidad líquida, tu valor depende de lo que produces y consumes.
La IA lo escala exponencialmente: scoring crediticio, selección de personal, sentencias judiciales, toda una infraestructura creada por la IA montada sobre tus datos.
• Personas responsables de su propio destino.
Bauman demostró que el poder se había separado de la política: las grandes corporaciones escapan al control democrático.
Los algoritmos operan desde ningún lugar y desde todas partes.
¿Cuántas empresas controlan la IA hoy? Menos de diez.
Tu destino está en sus manos.
• El nuevo trabajo.
El ser humano necesita trabajar, ser útil, tener un sentido, dejar un legado.
En la modernidad líquida, el trabajo ya no da estabilidad ni seguridad existencial.
Y ahora la IA automatiza también el trabajo cognitivo… lo que se suponía que no nos podían quitar: los trabajos de pensar, de escribir, de analizar, de crear.
Pues sí pueden.
¿Qué futuro nos espera? Si permitimos que la IA siga manejándose como hasta ahora, será uno muy sombrío.
Pero si logramos poner freno y controles a sus desarrolladores, que sí creo que es posible si realmente se quiere, la IA tiene la capacidad técnica de revertir y aliviar los ejemplos planteados.
Señores, no es la IA.
Es el ser humano, su ego y su ambición.
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