Mientras diversos sectores políticos, académicos e ideológicos de , incluyendo algunos de la , se preparan para conmemorar el mediante homenajes, coloquios y actos de exaltación pública, los cubanos residentes en este país sentimos la obligación moral de expresar una visión distinta, basada no en consignas ni mitologías políticas, sino en la experiencia histórica de nuestro pueblo.
Los cubanos que vivimos en una como la dominicana conocemos el valor de poder expresar nuestras opiniones sin temor, asociarnos libremente, elegir a nuestros gobernantes y participar en la vida pública sin que ello dependa de nuestra afiliación política.
Precisamente por respeto a esos principios, resulta imposible permanecer en silencio ante la glorificación de una cuya herencia política está inseparablemente ligada a la supresión de y a la instauración de un que continúa negándolas hasta nuestros días.
A de la llegada de al poder, permanece atrapada en la crisis más profunda de su historia contemporánea.
continúan privados de ; millones de cubanos han abandonado el país durante las últimas décadas; la economía se encuentra devastada por la ineficiencia estructural de un modelo de partido único; y la población enfrenta cotidianamente escasez, apagones, deterioro de los servicios básicos y una creciente desesperanza social.
Se trata de una realidad imposible de separar del político construido por y perpetuado por sus sucesores.
La tragedia cubana no es únicamente económica.
También es humana.
Se expresa en por el , en generaciones privadas del su destino político, en jóvenes que sueñan con marcharse porque no encuentran horizontes dentro de su propio país y en una sociedad donde durante décadas discrepar del poder ha significado sufrir profesionales, sociales o penales.
La tampoco se limitó al ámbito político.
Miles de creyentes sufrieron , vigilancia y exclusión por profesar su fe.
, religiosos y religiosas fueron acosados, encarcelados o expulsados de en distintas etapas del régimen.
Muchos encontraron refugio en naciones hermanas, entre ellas la , aportando a la vida espiritual y social de los países que los acogieron.
Recordar esta realidad es particularmente importante en una sociedad profundamente arraigada en valores cristianos, donde la religiosa constituye un derecho fundamental y no una concesión del Estado.
Sin embargo, cuando se evocan , con frecuencia se intenta presentar una versión parcial de la historia.
Se habla del líder revolucionario, pero rara vez de los.
Se exalta la , pero se omite el desmantelamiento de las instituciones democráticas.
Se ensalzan algunos logros sociales, pero se guarda silencio sobre la inexistencia de elecciones libres, la y la persecución de quienes han pensado diferente.
La historia demuestra que uno de los primeros compromisos incumplidos por Castro fue precisamente la que había prometido al durante la lucha contra la.
Lo que surgió después no fue una república plural y democrática, sino un de partido único donde desaparecieron los contrapesos institucionales, se prohibió la competencia política y se subordinó toda la vida nacional a la voluntad de un liderazgo absoluto.
Desde entonces, miles de cubanos fueron encarcelados por razones políticas, innumerables ciudadanos fueron obligados a abandonar la isla y cualquier forma de quedó fuera de la ley.
La que prometió liberar al pueblo terminó restringiendo libertades esenciales que constituyen la base de cualquier.
La historia dejó así una amarga paradoja: la no sustituyó una dictadura por una democracia, sino que reemplazó una dictadura por otra aún más duradera y concentrada en la de.
derrocó a un dictador con la de recuperar la , pero terminó sometida durante décadas a otro y bajo un régimen personalista que hizo de la permanencia en el poder su principal político.
Más allá de la que sus admiradores pretenden atribuirle a , toda que marcó una , aun cuando esta estuviera plagada de sufrimiento, y ausencia de libertades, merece ser estudiada, analizada y debatida.
Lo que resulta cuestionable es la pretensión de convertir en motivo de a quien gobernó sin durante casi medio siglo y cuya obra política desembocó en un que aún hoy impide a los cubanos ejercer derechos ampliamente reconocidos por la comunidad internacional.
Las , los centros de pensamiento y los espacios de formación tienen el deber de promover la en toda su dimensión, incluso cuando esta resulta incómoda para determinadas corrientes ideológicas.
Conmemorar el sin abordar la existencia de , la sistemática de la disidencia, el masivo, la persecución religiosa y la fractura de millones de familias supone separar al personaje de las consecuencias de sus decisiones.
Ningún ejercicio intelectual serio puede reducir más de seis décadas de autoritarismo a una narrativa romántica de la ignorando el sufrimiento de sus víctimas.
Por eso, mientras algunos celebran el nacimiento de Fidel, nosotros preferimos recordar a las.
Recordamos a quienes fueron en los primeros años de la ; a quienes murieron en prisión por razones políticas; a quienes perdieron su por expresar una opinión; a quienes perecieron intentando escapar de la isla en la inmensidad y crudeza del mar; a quienes, en años más recientes, enfrentaron peligrosas rutas migratorias, incluida la travesía de la selva del Darién; a quienes han pasado décadas separados de sus seres queridos por el ; y a quienes todavía hoy continúan reclamando pacíficamente los derechos y libertades que les han sido negados.
La verdadera no consiste en homenajear al hombre que construyó el que convirtió a la isla en una nación sin.
La verdadera solidaridad consiste en acompañar al en su aspiración legítima de vivir en democracia, con respeto pleno a los , pluralismo político y oportunidades para todos.
En el , más que celebraciones, lo que corresponde es una sobre las consecuencias de su.
Porque cuando una nación sigue padeciendo la falta de libertades, el masivo, la y la desesperanza, la exige verdad antes que homenaje..











