Cuando Manhattan se siente como una extensión de Quisqueya
Existe una teoría sociológica no oficial que ningún académico ha explorado con suficiente rigor: para buena parte del pueblo dominicano, Nueva York no se percibe exactamente como territorio extranjero. Más bien opera como una suerte de provincia número 33, con la diferencia menor de que el clima es notablemente más hostil y los inviernos desafían cualquier noción caribeña de temperatura.
Por eso, cuando un dominicano obtiene la visa estadounidense, la reacción rara vez es un formal «felicidades». Lo que se escucha inevitablemente es: «¿Y cuándo te vas para Nueva Yol?». Viajar a Estados Unidos trasciende lo meramente económico o turístico; durante décadas ha funcionado como un auténtico rito de iniciación social. Hay quien observa el pasaporte sellado como si acabara de recibir una presea olímpica.
El invierno: fascinación y realidad
La temporada invernal ejerce un magnetismo particular sobre quienes durante todo el año reniegan del calor tropical pero desarrollan, de repente, un entusiasmo casi poético por las temperaturas bajo cero. Las fotografías soñadas con abrigos voluminosos, guantes y bufandas evocan escenas de películas navideñas. Sin embargo, la diáspora conoce bien la otra cara de la moneda: el viento neoyorquino parece tener voluntad propia cuando atraviesa los huesos. La frase más repetida por los visitantes en pleno enero sigue siendo: «¿Y cómo es que la gente vive aquí?».










