Se dice que la ha alcanzado el nivel de dentro del concierto de naciones en desarrollo.
El , zonas francas y remesas, entre otros, generan las divisas que sostienen buena parte de la economía dominicana, y sin embargo, un segmento significativo de su población, sigue viviendo en la marginalidad. No es una maldición geográfica, un accidente histórico o el tamaño del territorio, etc.
Es el resultado acumulado de patrones de comportamientos políticos y socioeconómicos, modelados desde el liderazgo nacional, hasta hacerlos parte de una pseudo cultura ciudadana, facilitando su replicación, de generación en generación, creando un círculo vergonzoso que consolidamos en lugar de quebrar.
Nombrarlos y reconocerlos no es pesimismo: es el importante acto de honestidad que el país se debe a sí mismo para poder combatirlos.
El primero es el , que convierte el voto en favor y al ciudadano en súbdito agradecido, en lugar de sujeto de derechos.
El segundo es la : normativas que existen en el papel y se disuelven en la práctica, porque todo se negocia y nada se exige desde la verdad y la ley.
El tercero es la , que premia al «vivo» y castiga al que cumple, sembrando en cada generación, la idea de que la ley es un obstáculo, no una garantía.
El cuarto mal es un más preocupado por sus privilegios y permanencia en el poder, que por su gestión y servicio a la sociedad.
El quinto es la : una indiferencia que también es complicidad, porque cuando la gente deja de exigir, los dejan de rendir cuentas.
El sexto es la como una indecorosa norma de conducta que ya no escandaliza, sino que se asume como costumbre, un umbral moral más peligroso que la misma.
El séptimo es un : el lujo colindando con comunidades sin servicios públicos ni saneamiento digno; crecimiento urbano sin visión de futuro.
El octavo es la , donde quien incumple no solo no paga costo alguno, sino que muchas es reconocido socialmemente y hasta ascendido. El noveno es una , que condena a los más pobres a ofrecer mano de obra barata en una economía de mercado.
Y el décimo, quizás el más silencioso, son las élites económicas, que catalogan estas calamidades como daños colaterales por lo que tratan de no ver y callan esas disfuncionalidades, pero las critican en privado.
Estas no operan por separado: se retroalimentan.
El necesita penuria y ciudadanos pasivos.
La impunidad necesita débiles.
La necesita élites que miren hacia otro lado.
Por eso romper una sola no basta; hace falta una ruptura impulsada desde arriba, simultánea, deliberada y sostenida.
no tiene, en el fondo, un problema de recursos, tiene algo más grave, un.
Mientras , y ciudadanos sigan tolerando lo que deberían combatir con energía y constancia, el país que todos aspiramos seguirá siendo una quimera.
La pregunta no es si puede cambiar —los recursos y el talento existen—, sino, si alguna vez estará dispuesta, por fin, a romper el molde de esa horrible decadencia..











