Una encuesta llevada a cabo en la ciudad de Chicago procuraba reunir información acerca de las condiciones de vida prevalecientes en un conjunto habitacional compuesto por apartamentos de renta subsidiada para beneficio de familias de bajos ingresos.
Debido a críticas formuladas a esos programas de subsidio, tanto en Chicago como en otras grandes ciudades estadounidenses, atribuyéndoles crear refugios de criminales, devaluar propiedades aledañas y fomentar deplorables condiciones ambientales, se intentaba detectar las causas determinantes de los niveles de satisfacción o insatisfacción entre los residentes.
Para sorpresa de los investigadores, fue detectada una significativa vinculación entre satisfacción y una característica específica de los apartamentos.
Los residentes en unidades desde las cuales se alcanzaba a ver una modesta área natural, que era apenas una pequeña zona con algo de grama y dos árboles, reportaron un historial de menores niveles de violencia familiar y afecciones psicológicas, y tener una mayor energía personal, sentido comunitario y productividad, en comparación con quienes vivían en apartamentos sin vista a áreas verdes.
Dado que la asignación de los apartamentos se había efectuado al azar, no había posibilidad de que la relación que había sido detectada fuese consecuencia de que los residentes hubiesen llevado a cabo una selección deliberada según sus propias preferencias, lo que habría permitido que los más pacíficos, solidarios y constructivos escogieran las unidades con vista a esas áreas.
Es bien conocido en el sector inmobiliario que las unidades habitacionales que poseen una vista hacia el mar, jardines, montañas, lagos y otros elementos naturales tienen un mayor precio de mercado que aquellas que no la poseen, aunque sean similares en tamaño y demás características.
Pero si la conexión entre la vista y el comportamiento, salud y bienestar de las personas es válida, las consecuencias van mucho más allá de la valoración económica de las viviendas.
Implica en ese sentido que existe un costo real, individual y social, asociado con los procesos de urbanización que es frecuentemente pasado por alto.
Y revela también que el deseo de los residentes en las grandes ciudades por tener algún lugar más natural a dónde ir de vez en cuando, en el campo o en una playa por ejemplo, no es una simple expresión de un capricho u acto de consumo, sino una respuesta paliativa beneficiosa resultante de condiciones biológicas desarrolladas y afianzadas durante milenios, cuya ruptura, por la urbanización acelerada estimulada por la tecnología y el crecimiento demográfico, provoca perjuicios en forma de costos colectivos que inciden sobre el nivel de vida y la cohesión social.
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