Los bebés de diseño, modificados genéticamente para dotarlos de características deseables en materia de salud, capacidades físicas e intelectuales, ya están al alcance gracias a las tecnologías existentes, una perspectiva que plantea profundas cuestiones sociales y éticas, no muy distintas de las asociadas con los avances de la inteligencia artificial.
Sin embargo, hay una diferencia: las instituciones necesarias para abrir un camino ético hacia la edición genética —tratando esta tecnología como una medida de salud pública que debería estar disponible para todos— podrían ser más fáciles de concebir que en el caso de la IA.
El gran avance en la edición genética ya no es tan reciente.
Las perspectivas cambiaron de manera fundamental durante la década de 2000 y, especialmente, a principios de la de 2010, con el desarrollo de la tecnología CRISPR-Cas9, que permite realizar ingeniería genética con gran precisión.
Esta técnica utiliza un ARN guía para localizar una secuencia específica en el genoma de un organismo vivo, donde la enzima Cas9 realiza un corte para desactivar o editar un gen.
Las aplicaciones son enormes.
La técnica puede utilizarse para desactivar un gen que provoca enfermedades, modificar semillas y productos agrícolas, o diseñar medicamentos y vacunas personalizados.
También tiene el potencial de combatir enfermedades genéticas hereditarias, como la anemia de células falciformes, así como mutaciones somáticas que aparecen más adelante en la vida y causan enfermedades, como las relacionadas con el cáncer.
Asimismo, abre la posibilidad de añadir o eliminar genes durante la etapa embrionaria, ya sea in vivo o in vitro, que es donde surge el debate sobre los bebés de diseño.
La ingeniería genética humana podría ser puramente somática (afectando únicamente a los individuos durante su vida) o adoptar la forma de edición de la línea germinal, alterando el genoma de manera que esos cambios se transmitan a la descendencia.
La propia IA es tecnológicamente complementaria a la edición genética, porque puede analizar enormes cantidades de datos para identificar combinaciones de genes capaces de modificar no solo la propensión a enfermedades, sino también la apariencia física, la fuerza y diversas dimensiones de la capacidad cognitiva.
Pero este potencial plantea evidentes dilemas éticos.
Como en Un mundo feliz, de Aldous Huxley, los bebés de diseño podrían acercarnos a una sociedad dividida genéticamente, donde solo los más ricos tengan los medios para mejorar el rendimiento cognitivo y físico, así como la esperanza de vida, tanto de ellos mismos como de sus descendientes.
En ese escenario, quienes hoy poseen riqueza podrían hacerse aún más ricos y genéticamente superiores con cada generación.
Este escenario no es meramente hipotético.
Los servicios de selección de embriones basados en pruebas poligénicas ya se comercializan para pacientes que recurren a la fecundación in vitro, y los avances de la IA los han hecho aún más atractivos para quienes pueden costearlos.
Si las tendencias actuales continúan, podríamos terminar con una élite de multimillonarios y billonarios decididos a consolidar sus privilegios económicos mediante ventajas biológicas; peor aún, esto podría ocurrir justo cuando muchas otras personas enfrentan la posibilidad de perder sus empleos debido a la IA.
Para evitar ese futuro, el primer impulso de la mayoría de las personas es prohibir por completo la edición de la línea germinal y los bebés de diseño.
Pero quizá esa no sea la respuesta adecuada.
Después de todo, ya “diseñamos” nuestros cuerpos y los de nuestros hijos mediante vacunas y operaciones.
Los futuros padres en los países industrializados (y cada vez más en las economías emergentes) realizan pruebas para detectar diversas enfermedades, como el síndrome de Down, y pueden optar por interrumpir el embarazo.
La línea que separa estas intervenciones de la edición del genoma no es tan clara.
¿Sería tan diferente editar genes para generar inmunidad natural contra la viruela que vacunar a los niños? La cuestión no tiene tanto que ver con “interferir con la naturaleza”, sino con otras dos consideraciones.
En primer lugar, las implicaciones de la edición de la línea germinal todavía se comprenden muy poco.
Los organismos vivos son atacados constantemente por patógenos, y algunos cambios genéticos, especialmente aquellos que se transmiten de padres a hijos, pueden generar vulnerabilidades imprevistas.
Por ejemplo, el científico chino He Jiankui creó a los primeros bebés de diseño al editar el gen CCR5 para conferir resistencia al VIH.
Sin embargo, esa misma modificación parece aumentar la susceptibilidad a otras infecciones, como el virus del Nilo Occidental y la influenza.
Sabemos lo que hacen las vacunas contra la viruela, tanto por su relativa simplicidad como porque contamos con más de dos siglos de experiencia.
No puede decirse lo mismo del proceso mucho más complejo e invasivo de la edición del genoma.
En segundo lugar, las vacunas constituyen una intervención de salud pública, mientras que la edición del genoma, al menos en un futuro previsible, solo estará al alcance de los privilegiados, quienes perpetuarán sus ventajas de formas que aún no podemos imaginar.
Estas dos cuestiones apuntan a un conjunto claro de principios sobre cómo deberíamos abordar la edición de la línea germinal.
En primer lugar, debemos asegurarnos de que las consecuencias imprevistas sean limitadas tanto en número como en alcance.
Esto requiere no solo investigaciones realizadas por científicos y laboratorios individuales, sino también una infraestructura pública que establezca un riguroso proceso de evaluación y autorización, incluso más estricto que el exigido por la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA) para medicamentos y vacunas.
En segundo lugar, debemos legislar y hacer cumplir el principio de que la edición de la línea germinal debe tratarse exclusivamente como una medida de salud pública.
Ningún servicio de edición de la línea germinal debería poder adquirirse en el mercado privado y cualquier intervención de ingeniería genética que haya sido ampliamente probada, plenamente comprendida y demuestre ser beneficiosa debería ponerse a disposición de toda la población.
Implementar estos principios no es una utopía.
Ya contamos con instituciones altamente respetadas que poseen la experiencia necesaria, y las normas dentro de la comunidad científica están alineadas con ellas.
Tanto las Academias Nacionales de Ciencias, Ingeniería y Medicina de Estados Unidos como la FDA han publicado informes y directrices ampliamente difundidos para la investigación y la práctica en este ámbito.
Además, la Cumbre Internacional sobre Edición del Genoma Humano de 2015 —convocada por las academias de Estados Unidos, Reino Unido y China— adoptó una postura firme contra la ingeniería de la línea germinal, especialmente contra la modificación de gametos y embriones que pudiera generar ventajas hereditarias para unos pocos privilegiados.
Las cumbres posteriores celebradas en Hong Kong (2018), donde salió a la luz el caso de He Jiankui, y en Londres (2023), reafirmaron y perfeccionaron esa postura.
El hecho de que existan estas instituciones y hayan adoptado una posición proactiva ayuda a explicar por qué considero que el desafío planteado por los bebés de diseño es, en cierta medida, más manejable que el asociado con la IA.
La tragedia de la IA es que nos encontramos al borde de avances igualmente transformadores, pero sin organismos equivalentes.
Los institutos de seguridad de la IA creados recientemente y los organismos de la Unión Europea carecen de la autoridad necesaria para influir en la industria, y muchos científicos y laboratorios siguen siendo ajenos a los efectos sociales que podrían desencadenar.
Necesitamos construir con urgencia un consenso ético en torno a la IA, entre otras cosas porque ello también podría ayudarnos a afrontar los diversos desafíos interrelacionados que plantea la ingeniería genética.
De lo contrario, habremos cambiado la herencia de las generaciones futuras por un plato de lentejas.
Daron Acemoglu, Premio Nobel de Economía 2024 y profesor del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), es coautor, junto con Simon Johnson, de Power and Progress: Our Thousand-Year Struggle Over Technology and Prosperity (PublicAffairs, 2023).
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