El sector supera las cifras de 2024 y enfrenta el reto de integrar más valor nacional en su producción
Las exportaciones de tabaco y sus derivados alcanzaron US$1,359 millones en 2025, frente a US$1,340 millones en 2024, según el Instituto del Tabaco. La cifra consolida al sector como generador de divisas, pero plantea interrogantes sobre cómo se distribuye ese valor en la economía dominicana.
Hay trabajadores cuyo vínculo con el tabaco no consiste en cultivar una hoja ni elaborar un cigarro. Fabrican cajas, imprimen anillas, transportan mercancías, reparan equipos o prestan servicios a las empresas del sector. También hay comercios que reciben parte de los ingresos de esas familias. Esa economía circundante merece atención: permite comprender cómo una actividad productiva conecta oficios, empresas y comunidades, y por qué su importancia debe examinarse más allá del producto que llega al mercado.
Según datos divulgados por el Instituto del Tabaco de la República Dominicana, las exportaciones de tabaco y sus derivados alcanzaron US$1,359 millones en 2025, frente a US$1,340 millones en 2024. La cifra corresponde al conjunto del sector y expresa su capacidad de generar divisas. Para comprender su contribución al desarrollo, debemos seguir el recorrido de ese valor: cuánto se convierte en salarios, compras a proveedores nacionales, formación, inversión y oportunidades en los territorios donde se produce.
En esa conversación, la Asociación de Productores de Cigarros de la República Dominicana (PROCIGAR) merece una mirada detenida. Fundada en 1992, reúne actualmente once miembros activos: Tabacalera Arturo Fuente, La Flor Dominicana, La Aurora, General Cigar Dominicana, Tabacalera Palma, Tabacalera de García, Casa Carrillo, Quesada Cigars, De Los Reyes Cigars, PDR Cigars y Arnold André. Su trayectoria ofrece una oportunidad para estudiar cómo empresas con identidad propia pueden construir una plataforma común alrededor de una actividad y de su origen dominicano.
La asociatividad tiene valor cuando permite resolver necesidades que trascienden a cada empresa. Formar trabajadores, preservar conocimientos, sostener la interlocución institucional y proyectar una reputación sectorial requieren continuidad. La experiencia de PROCIGAR invita a examinar esa capacidad de competir en los mercados y cooperar en asuntos compartidos. La productividad también se organiza: depende de las relaciones que permiten aprender, cumplir y mejorar. El primer eslabón está en el campo, donde el manejo del cultivo, el cuidado de las hojas y su curado requieren conocimientos específicos. La transformación incorpora fermentación, selección, mezcla, elaboración y control de calidad. Cada etapa depende del trabajo anterior y condiciona el siguiente. Por eso, una dificultad agrícola puede trasladarse a la manufactura, mientras una mejora técnica puede beneficiar a distintas partes de la cadena. Comprender estas conexiones es indispensable para orientar la formación y la inversión.









