Dos poemas listos.
Y temo.
Tengo ideas anotadas.
Y temo.
He abierto puertas cerradas hace muchos años.
Y temo.
Anoto las palabras que se me ocurren, bosquejos de figuras literarias, de ideas a las que quiero darle ritmo, que pueda convertir en lo que se le conoce como versos.
Y temo.
Rencor, rabia, tristeza.
Una delicada incertidumbre se me acomoda en el pecho mientras corto pedazos de pollo y pienso en los pendientes.
Y temo.
Entonces, busco el ruido.
*** Escucho un pódcast.
Es un reportaje sobre unas hermanas gemelas, hijas de una madre que cumple una condena por formar parte de un grupo disidente político en Paraguay.
Ellas vivían en Argentina, con una tía y unas primas.
Ambas viajan a Paraguay a reunirse con otros familiares, un verano.
Sus familiares y el círculo de amigos y conocidos cercanos a esos familiares son disidentes también, parte de un grupo que aún carga con las acciones de una guerrilla de resistencia.
Sobreviven al margen, en espacios boscosos, en el monte.
Llega la pandemia y ellas no pueden regresar a la Argentina.
Los meses pasan y viven en la rutina de los escondites y las tácticas de resistencia.
El grupo es perseguido, se dividen, los enfrentan.
Ven caer a su prima de once años, a una tía, a otros.
Una de ellas resulta herida.
Se enteran de las muertes de los que han atrapado vivos y desarmados, incluyendo a su prima de once años.
Se tienen que separar.
Una de ellas, con otra acompañante, logra encontrar ayuda.
Va a buscar a su hermana, no la encuentra, ni a la tía que le acompañaba.
Regresa a Argentina sin su hermana, con una tía detenida y condenada.
El Estado insiste en su narración de la subversión, de que estaban armados, de que ellas estaban siendo entrenadas para combatir.
El relato está lleno de contradicciones y vacío de pruebas.
Lloro.
Ella está sin su hermana, sin su gemela.
La vida sigue.
El ruido.
*** Tenía catorce años.
La mataron en un baño, otras tres adolescentes.
No hay explicaciones claras de cómo llegó a un centro del Consejo Nacional para la Niñez y la Adolescencia (Conani).
Su familia cuenta sobre un dolor de cabeza y una prima que la llevó a un hospital, de donde fue trasladada.
Aseguran que no se les informó sobre ese traslado.
¿La descuidaron? ¿Desconocían alguna situación? ¿Cómo es posible que la asesinaran en un lugar con custodia, en que se presume estaría protegida de lo que sea que amenazaba su vida en las calles de su barrio, tras la puerta de su casa? Su cuerpo estuvo once días en la morgue.
Fue entregada dentro de bolsas negras.
En la televisión, en los videos en redes sociales, muestran a sus familiares llorosos, gritando, cayendo desmayados.
Las tres adolescentes están bajo custodia.
¿Por qué hicieron lo que hicieron? ¿Qué vieron en ella que desearon que desapareciera? ¿Qué hay detrás del ruido de las declaraciones de sus familiares, del abogado que explica a los reporteros las medidas contra las adolescentes acusadas de homicidio, del silencio de Conani, del ataúd blanco abrazado por su abuela? *** Trincheras.
Tres abogados cruzan comentarios, señalamientos, argumentos.
Twitter (me niego a decirle X) es un foro en el que se leen intercambios intensos, pocas veces se leen las entrelíneas.
El abogado que expone las respuestas de los demás, en lo que se le llama retuitear, probablemente llamando audiencia a favor de lo que dice, escribe: “De trinchera a trinchera”.
Según el diccionario, una trinchera es una “zanja defensiva que se cava cerca de las líneas enemigas y permite disparar manteniéndose a cubierto”.
A pesar de la modernidad de los medios para guerrear, vistos por los que nos somos soldados en su primigenia capacidad en aquella guerra del Golfo en 1991, que inauguró la transmisión de los lanzamientos a distancia de cohetes y bombas en horario del informativo nocturno, aún se construyen trincheras, menos que en los conflictos armados del siglo XIX y de las dos grandes guerras del siglo XX.
Pueden verlas en YouTube, usadas por rusos y ucranianos.
Así que la figura metafórica de las trincheras en una discusión en Twitter tiene tantas entrelíneas como el ruido de las bombas que aun caen en nuestras guerras del siglo XXI.
*** Cada día me levanto con cuidado de no hacer mucho ruido.
Quiero caminar descalza por el apartamento, en silencio.
Llegar a la cocina, buscar la cafetera, observarla puesta en la estufa, tener como primer sonido externo el particular burbujeo del líquido negro que sube a presión por los mecanismos de esa cafetera.
El hijo duerme.
Va al colegio en horario vespertino.
Cuando se levanta, empieza el pequeño caos de una adolescencia novedosa y torpe, que exige una libertad supervisada a la que aún no logro adaptarme.
Pero en el momento del café, todavía duerme y puedo pensar en los dos poemas listos, en mis notas, en las puertas cerradas que abro, en el temor, en los pendientes… Y en el ruido.
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