Cada vez que escucho decir que cuando Donald Trump salga de la Casa Blanca todo volverá a la normalidad, recuerdo que seguimos mirando la política internacional con las reglas del mundo anterior. Trump puede dejar la presidencia, modificar sus aranceles o cambiar algunas de sus decisiones, pero las fuerzas que están reorganizando el sistema internacional continuarán después de su administración. El cambio ya alcanzó al comercio, la industria, las finanzas, la tecnología y la seguridad.
La globalización que se consolidó después de la Guerra Fría comenzó a cambiar mucho antes del regreso de Trump. Durante décadas, las grandes economías extendieron sus cadenas de producción por todo el mundo buscando menores costos y mayor eficiencia. Esa integración generó crecimiento y comercio, mientras aumentaba la dependencia entre países. Una interrupción en un puerto, una guerra, una crisis sanitaria o una decisión política podía afectar simultáneamente a empresas y consumidores en distintos continentes.
Trump convirtió esa vulnerabilidad en un asunto central de la política estadounidense. Su segunda administración colocó en primer plano los aranceles, la producción nacional, los minerales críticos, los semiconductores, las cadenas de suministro, la inversión extranjera y la competencia con China. La Casa Blanca ha vinculado estas políticas con la seguridad económica y nacional de Estados Unidos.
Para entender este cambio hay que mirar la cronología.
2001: China entra a la OMC. La incorporación de China a la Organización Mundial del Comercio aceleró su integración a las cadenas productivas internacionales. Empresas occidentales encontraron una plataforma industrial de enorme capacidad y China aprovechó comercio, inversión, tecnología y política industrial para convertirse en una potencia manufacturera. Con el tiempo, Washington y Europa comenzaron a observar esa dependencia desde una perspectiva estratégica.
2008: la crisis financiera. La crisis internacional obligó a gobiernos y bancos centrales a intervenir para sostener el sistema financiero. El Estado recuperó protagonismo y conceptos como capacidad productiva, estabilidad financiera, reservas estratégicas y seguridad energética adquirieron mayor importancia. A partir de entonces, la capacidad de un país para producir y responder ante una crisis comenzó a considerarse parte de su seguridad.
2010: WikiLeaks. La publicación de cientos de miles de cables diplomáticos estadounidenses permitió conocer conversaciones, evaluaciones políticas y reportes elaborados desde las misiones diplomáticas. El episodio mostró públicamente la distancia entre la diplomacia que los gobiernos presentan y las evaluaciones que realizan internamente sobre otros países y dirigentes. También abrió una discusión sobre la protección de información diplomática y el valor estratégico de las comunicaciones.
En este punto conviene diferenciar inteligencia y espionaje. Las embajadas realizan funciones diplomáticas, mantienen contactos, recopilan información política y económica y elaboran análisis para sus gobiernos. Las agencias especializadas pueden desarrollar operaciones clandestinas de obtención de información. La inteligencia comprende un proceso más amplio de recopilación, evaluación, análisis y producción de conocimiento para apoyar decisiones. WikiLeaks hizo visible una parte de ese trabajo que normalmente permanece fuera del debate público y dejó expuesto cuánto puede revelar una fuente diplomática sobre la verdadera percepción de un Estado respecto de otro.
2013: Snowden. Las revelaciones sobre los programas de vigilancia de la NSA mostraron la dimensión alcanzada por la capacidad tecnológica de los Estados para recolectar y procesar información. Los datos, las telecomunicaciones, los centros de datos, los cables submarinos y la infraestructura digital pasaron a ocupar un lugar creciente dentro de la seguridad nacional. La información se convirtió en un recurso estratégico comparable, en términos de poder, con otros activos fundamentales de un Estado.
2014-2016: Crimea, Brexit y Trump. La anexión rusa de Crimea devolvió la competencia geopolítica y militar al centro de Europa. Dos años después, el Brexit y la elección de Trump reflejaron el cuestionamiento de determinados efectos de la globalización, especialmente en sectores afectados por la desindustrialización y los cambios del mercado laboral. El debate sobre comercio, empleo, soberanía económica y dependencia externa comenzó a ocupar nuevamente el centro de la política occidental.
2018: comienza una nueva etapa con China. La administración Trump utilizó la Sección 301 y otros instrumentos comerciales para presionar a Beijing por transferencia tecnológica, propiedad intelectual, acceso al mercado y políticas industriales. La administración Biden mantuvo buena parte de los aranceles, reforzó controles sobre tecnologías avanzadas y promovió la producción estadounidense de semiconductores. La competencia con China pasó a formar parte de una política estadounidense que trascendió a una sola administración.
2020: COVID-19. La pandemia mostró la vulnerabilidad de las cadenas globales. Países con capacidad financiera enfrentaron dificultades para conseguir equipos médicos, medicamentos, semiconductores y materias primas. Gobiernos y empresas comenzaron a valorar con mayor peso la continuidad del suministro, la diversificación de proveedores, la proximidad geográfica y la seguridad. La eficiencia dejó de ser el único criterio para decidir dónde producir.
2022: Ucrania. La invasión rusa obligó a Europa a revisar su dependencia energética de Moscú y aceleró la búsqueda de nuevos proveedores, infraestructura y fuentes de energía. La seguridad energética pasó a ocupar un lugar central dentro de la seguridad nacional y la política industrial europea. La guerra confirmó que una dependencia económica puede convertirse rápidamente en una vulnerabilidad estratégica.
2023: Europa comienza a reducir riesgos frente a China. La Unión Europea presentó su Estrategia de Seguridad Económica y comenzó a trabajar formalmente en la reducción de dependencias estratégicas. Bruselas adoptó el concepto de de-risking, orientado a reducir riesgos asociados con cadenas de suministro, tecnologías sensibles, infraestructura, inversiones y materias primas críticas. Europa ya estaba revisando su relación económica con China cuando comenzó la segunda administración estadounidense.
Este punto resulta fundamental para entender el regreso de Trump. La preocupación por las dependencias estratégicas ya estaba instalada en Washington y Bruselas. Trump aceleró una corriente que venía creciendo desde hacía años.
2025: Trump acelera el proceso. El regreso de Trump llevó estas tendencias a una escala mayor. Washington utilizó los aranceles como instrumento de presión y negociación y vinculó los déficits comerciales, la producción industrial, las cadenas de suministro y la seguridad nacional. La política comercial comenzó a funcionar integrada con la política industrial y exterior.
¿Está Trump haciendo cosas que los demócratas no tuvieron el valor de hacer? La discusión tiene una base política, pero los hechos muestran continuidad. Las administraciones demócratas endurecieron la política hacia China, mantuvieron aranceles, establecieron controles tecnológicos y promovieron la producción nacional de semiconductores. Trump llevó esa tendencia a un nivel más directo, utilizando el tamaño del mercado estadounidense como herramienta de negociación y vinculando comercio, industria y seguridad dentro de una misma estrategia.
Durante 2025 y 2026, los minerales críticos, los semiconductores, la inteligencia artificial, los centros de datos y las cadenas de suministro pasaron a ocupar un lugar cada vez mayor dentro de la seguridad nacional estadounidense y europea. Para una empresa, decidir dónde instalar una fábrica, de quién comprar un componente, qué tecnología utilizar o dónde colocar un centro de datos tiene ahora consecuencias comerciales y geopolíticas.
América Latina también está entrando en esta etapa. Estados Unidos busca cadenas de suministro más cercanas y confiables mientras China mantiene una fuerte presencia comercial y de inversión. Ecuador, El Salvador, Guatemala, Argentina y otros países han profundizado distintos niveles de cooperación económica, tecnológica o de seguridad con Washington. México continúa profundamente integrado a la economía estadounidense mediante el T-MEC, mientras Brasil mantiene una política exterior más autónoma y relaciones importantes con Estados Unidos y China.
La región adquiere valor por sus alimentos, energía, minerales, recursos naturales, capacidad industrial, mercados y ubicación geográfica. El FMI señala que la reorganización comercial puede generar oportunidades de inversión y relocalización para América Latina, pero una fragmentación profunda de la economía mundial también elevaría costos y reduciría oportunidades. La competencia por capital, tecnología y nuevas cadenas productivas será cada vez mayor.
Para República Dominicana, este escenario abre una oportunidad concreta. El país puede aspirar a captar parte de las nuevas cadenas productivas en dispositivos médicos avanzados, componentes electrónicos, servicios tecnológicos, centros de datos, inteligencia artificial, actividades de apoyo a semiconductores, equipos eléctricos, logística, manufactura vinculada al mercado estadounidense y agroindustria de mayor valor agregado.
La importancia de la confiabilidad ya está apareciendo en hechos concretos. En julio de 2026, la Dirección General de Aduanas y la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos firmaron un acuerdo de perfilamiento de carga para el Puerto de Haina, orientado a mejorar el intercambio de información y la gestión de riesgos en la cadena logística. La propia DGA presentó el acuerdo como un mecanismo para fortalecer la posición dominicana como socio del comercio internacional seguro. Este tipo de cooperación revela hacia dónde se mueve la relación: información, trazabilidad, seguridad y capacidad institucional comienzan a formar parte del valor comercial de un país.
También existe una señal más exigente. En julio de 2026, Estados Unidos adoptó medidas bajo la Sección 301 contra 60 economías por problemas relacionados con la prohibición y aplicación efectiva de controles sobre bienes producidos con trabajo forzoso, incluyendo a República Dominicana. La señal para el sector productivo es clara: trazabilidad, cumplimiento laboral, controles sobre las cadenas, seguridad logística y capacidad institucional tendrán cada vez mayor peso para conservar acceso al mercado estadounidense y atraer nuevas inversiones.
El nearshoring también cambió de significado. La ubicación geográfica sigue siendo una ventaja, pero las empresas buscan estabilidad, seguridad jurídica, energía confiable, infraestructura, talento, conectividad, cumplimiento regulatorio y capacidad institucional. Un informe del Atlantic Council sobre la relación económica entre Estados Unidos y República Dominicana identifica la posibilidad de convertir al país en un socio estratégico para cadenas de suministro más seguras y señala la necesidad de fortalecer instituciones, infraestructura y formación laboral.
El Gobierno dominicano ya ha identificado esta dirección. En marzo de 2025, el presidente Luis Abinader presentó a República Dominicana como un aliado para fortalecer las cadenas de suministro mediante nearshoring, destacando estabilidad, ubicación y conectividad. En 2026, el Ministerio de Industria, Comercio y Mipymes también ha colocado la estabilidad, las reglas claras, la capacidad industrial y la logística dentro de los factores de competencia internacional.
Aquí está el punto que debería preocupar al sector industrial, empresarial y al propio Gobierno. Cuando las empresas internacionales seleccionan destinos considerando confianza, trazabilidad, seguridad logística, cumplimiento laboral, estabilidad institucional y relación con las cadenas estratégicas de Estados Unidos, los países que no desarrollen esas condiciones pierden visibilidad. Menor visibilidad significa menos posibilidades de atraer proyectos, capital, tecnología y empleos de mayor productividad. La competencia será más difícil porque otros países ya están preparando condiciones para ocupar esos espacios.
El calendario también importa. La segunda administración de Trump tiene un período definido y la administración de Luis Abinader también. Las elecciones dominicanas de 2028 ocurrirán antes que las presidenciales estadounidenses de noviembre de ese mismo año. Eso coloca al país ante una ventana política y económica concreta: las decisiones que República Dominicana tome durante los próximos meses y años pueden determinar su posición cuando las nuevas cadenas de suministro terminen de consolidarse.
La globalización continuará, pero bajo reglas distintas. Durante décadas, las empresas priorizaron principalmente el costo. Ahora incorporan riesgo político, seguridad de suministro, tecnología, origen de las materias primas, estándares laborales y estabilidad del país donde producen. Europa fortalece su industria, Estados Unidos recupera capacidades estratégicas, China protege su posición industrial y tecnológica, India busca nuevas inversiones y América Latina intenta capturar parte de esta reorganización.
El resultado es un nuevo orden comercial, económico, financiero, tecnológico y de seguridad. Los países tendrán que definir qué producen, de quién dependen, con quién comercian, qué tecnologías pueden desarrollar y qué garantías ofrecen a sus socios. Para las empresas significa revisar proveedores y mercados. Para los gobiernos significa fortalecer instituciones, infraestructura y capacidad de respuesta. Para el sector industrial dominicano significa decidir ahora qué sectores quiere desarrollar y qué inversiones necesita atraer antes de que otros países ocupen esos espacios.
Trump no creó este proceso. Lo aceleró y lo hizo visible.
Por eso, esperar que todo vuelva a la normalidad cuando Trump deje la Casa Blanca puede convertirse en un costoso error estratégico. El mundo que viene ya está tomando forma y los países que comprendan antes las nuevas reglas tendrán mayor capacidad para atraer inversión, tecnología, manufactura y capital. La ventaja estará en llegar temprano, construir credibilidad y demostrar capacidad de cumplimiento.
La pregunta para República Dominicana ya no es cuánto tiempo permanecerá Trump en la Casa Blanca. La pregunta es qué posición ocupará el país dentro de las nuevas cadenas comerciales, industriales, tecnológicas, financieras y de seguridad que están reorganizando el mundo. Esa posición se definirá antes de que cambie el próximo gobierno.
Por Yelandra Sánchez Carbonell










