La convocatoria nacional para reflexionar sobre el futuro de la educación dominicana ha generado un debate necesario y oportuno.
En los últimos días, académicos, educadores e investigadores han compartido reflexiones valiosas desde perspectivas distintas.
Algunos han destacado la oportunidad histórica que representa este proceso; otros han llamado la atención sobre los desafíos de construir consensos o sobre la necesidad de evitar que nuevas discusiones reproduzcan viejas frustraciones.
Todas estas miradas enriquecen la conversación.
Sin embargo, como académica y gestora educativa, hay una reflexión adicional que considero necesario incorporar al debate: ¿Cómo aseguraremos que la memoria institucional acumulada por el sistema educativo dominicano forme parte de las decisiones que hoy nos proponemos tomar? La pregunta no pretende restar valor a la consulta ni cuestionar la necesidad de transformar la educación.
Por el contrario, parte de una convicción profunda: las transformaciones más sólidas son aquellas que logran articular participación, conocimiento y aprendizaje institucional.
Y en ese aspecto, el país no parte de cero.
Durante décadas hemos acumulado diagnósticos, investigaciones, evaluaciones, experiencias de gestión y aprendizajes derivados de múltiples esfuerzos de reforma.
Contamos con los resultados de PISA, los estudios regionales de la UNESCO, las evaluaciones diagnósticas nacionales, las investigaciones desarrolladas por universidades, los aportes del IDEICE, los informes de seguimiento de la IDEC y la experiencia acumulada a través de los Planes Decenales de Educación, la Estrategia Nacional de Desarrollo y el Pacto Nacional para la Reforma Educativa.
Pocas veces en nuestra historia hemos contado con tanta información para comprender nuestra realidad educativa.
Pero la verdadera fortaleza de un sistema no reside únicamente en la cantidad de información que produce, sino en su capacidad para aprender de ella.
Los sistemas educativos aprenden cuando son capaces de convertir experiencias, evaluaciones, investigaciones y políticas previas en conocimiento útil para orientar sus decisiones futuras.
Aprenden cuando identifican qué funcionó, qué no produjo los resultados esperados y qué condiciones hicieron posible determinados avances.
Por ello, el desafío no parece ser la ausencia de información.
El desafío consiste en integrar el conocimiento acumulado con las nuevas perspectivas que surgirán de este amplio proceso de consulta.
Se trata de construir una visión compartida que aproveche tanto la experiencia acumulada como las aspiraciones de quienes hoy participan en la discusión sobre el futuro de la educación.
La consulta es importante.
Escuchar a estudiantes, docentes, familias, empleadores y especialistas siempre aporta valor.
Pero las grandes decisiones educativas no pueden sustentarse únicamente en percepciones o aspiraciones.
Deben construirse sobre evidencia, experiencia y aprendizaje institucional.
Desde mi experiencia en la gestión académica universitaria, he aprendido que los procesos de mejora más efectivos son aquellos que logran conectar la evidencia disponible con las nuevas preguntas que surgen de la realidad.
La innovación no consiste únicamente en imaginar futuros distintos; también implica comprender profundamente lo que hemos aprendido a lo largo del camino.
Más allá de preguntarnos qué educación queremos para el futuro, debemos preguntarnos también qué hemos aprendido de las reformas, programas e inversiones realizadas hasta ahora.
¿Qué políticas han demostrado resultados? ¿Qué iniciativas no alcanzaron los objetivos previstos? ¿Qué recomendaciones permanecen pendientes de implementación? Estas preguntas no sustituyen la consulta.
La fortalecen.
Mi preocupación no es que estemos consultando demasiado.
Mi preocupación es que, como país, hemos desarrollado una gran capacidad para producir diagnósticos y una menor capacidad para convertir esos diagnósticos en políticas sostenidas y evaluables.
También me preocupa nuestra capacidad para sintetizar el enorme volumen de información que hoy tenemos disponible.
A los diagnósticos acumulados durante años se sumarán ahora miles de voces, perspectivas y propuestas provenientes de los distintos espacios de consulta.
El verdadero reto será transformar todo ese conocimiento en decisiones coherentes, viables y sostenibles.
La educación dominicana necesita transformaciones profundas.
Necesita responder a los cambios tecnológicos, a la inteligencia artificial, a las nuevas formas de aprender, a las exigencias de un mundo laboral en constante evolución y a los retos sociales de nuestro tiempo.
Doctora en Ciencias Sociales y Jurídicas.
Vicerrectora Académica de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña (UNPHU).
Pero ninguna transformación será verdaderamente sostenible si no se construye sobre el aprendizaje acumulado por el propio sistema.
Transformar no significa comenzar de cero.
Transformar significa comprender mejor.
La República Dominicana tiene hoy una oportunidad valiosa para pensar el futuro de su educación.
La consulta nacional puede convertirse en un ejercicio trascendental si logra articular la participación ciudadana con el conocimiento acumulado por el propio sistema.
Escuchar a las personas es indispensable.
Escuchar la evidencia también.
Pero la verdadera transformación educativa ocurrirá cuando seamos capaces de convertir esa evidencia, esa experiencia y esa memoria institucional en decisiones que permitan al sistema aprender de sí mismo y construir, sobre lo aprendido, una mejor educación para todos.
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