Una de las tragedias de nuestro tiempo es que muchos prefieren la comodidad del silencio antes que el riesgo de la verdad.
Se indignan en privado, pero callan en público; reconocen las injusticias, pero terminan acomodándose a ellas.
Así, la corrupción, el abuso de poder y la indiferencia encuentran terreno fértil para crecer.
El conformismo convierte a las personas en simples ecos de la opinión dominante y les roba la capacidad de ser conciencia crítica de la sociedad.
No hemos sido llamados a repetir lo que todos dicen ni a aceptar pasivamente lo que todos hacen.
Estamos llamados a ser precursores de la luz: voces que denuncian el mal, defienden la dignidad humana y anuncian que un mundo mejor es posible cuando la verdad se dice y se vive con coherencia.
Hasta mañana, si Dios, usted y yo lo queremos.
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