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Internacionales

Letras ilustres e islas solitarias

William Faulkner merece ser leído una y otra vez.

No necesita estatuas ni museos ni bibliotecas con su nombre.

Aprendices de lectores no lo conocen.

Tampoco dan cuenta de su grandeza aquellos que usan la política por encima de las letras.

Faulkner no fue político, sino un escritor de pies a cabeza nacido en los Estados Unidos.

Pasaba sus días bajo el trabajo constante de su finca familiar.

Y después, cuando el pan ya estaba bien ganado, comenzaba a recrear esas historias que abrían “zanjas oscuras” en la memoria de los humanos.

Ernest Hemingway, John Dos Passos Scott Fitzgerald, Gertrude Stein John Steinbeck, T.S.

Elliot, Ezra Pound, Thomas Wolfe y Sylvia Beach nacieron en los Estados Unidos, aunque algunos emigraron.

Hoy las sociedades mundiales no los dejan morir.

Se veneran al igual los latinos veneramos al “Boom” de los años sesenta o los movimientos literarios de la región integrados por autores que hallaron en las letras formas distintas de escribir, pensar.

Y sobrevivir a las hecatombes.

Susan Sontag también nació y se crio en los Estados Unidos, en otro contexto.

Fue una mujer que supo captar la esencia del ensayo desde posiciones de izquierda.

Sus estudios presentan una voz distinta respetada por intelectuales de izquierda o derecha porque ponía el dedo en la llaga.

Tampoco merece calles con su nombre ni librerías eternas.

Queda viva en la memoria humana.

José Lezama Lima nació en La Habana.

Su novela”Paradiso” es imposible de leer de un tirón.

No por su trama o su estructura, sino por la hondura conceptual de su discurso, ese que se oculta en cada página y penetra en otros mundos mucho más complejos y contradictorios de su protagonista, José Cemí.

Algo similar itentó Julio Cortázar con “Rayuela” pero se quedó corto.

Algunas partes son olvidables.

En “Paradiso”, no, vVven las palabras.

Los ensayos de semiótica de Umberto Eco comenzaron a ser tomados en cuenta cuando el populacho leyó ‘’El nombre de la rosa”.

Y también conmovió su versión cinematográfica protagonizada por ese gran actor llamado Sean Connery.

Eco, un filósofo de su envergadura se enfrascó en la redacción de una novela policiaca, de carácter popular, accesible al lector común.

Eso obligó a reflexionar sobre alguna de sus ideas.

Su segunda novela, “El péndulo de Focault”, tuvo niveles altísimos de venta.

Sus lectores aficionados al thriller esperaban una nueva saga de aventuras.

Pero se decepcionó.

El ruso Chinguiz Aimatov se involucró en la escritura de historias circunstanciales que ya pasaron de moda.

No comulgo con lectores mitómanos de esos que solo saben leer la solapa de un libro y, a vuelapluma, dicen conocen a su autor como si vivieran puerta con puerta.

El problema de las letras cubanas es la imperiosa necesidad de volver a sus auténticas raíces, aquellas de José Lezama Lima, Virgilio Piñera, Octavio Smith, Fina García Marruz, José Rodríguez Feo, Eliseo Diego, Ángel Gaztelu y todos los vinculados a la revista “Orígenes”.

Ellos desecharon secuelas de obras aburridas, cansonas o tardías.

Sigo con los nacidos en Cuba.

Cirilo Villaverde y José Martí vivirán por siempre.

Al primero pertenece “Cecilia Valdés” , esa gran historia de amor plagiada una y otra vez en muchas partes por esa profundidad de su tema vinculado con el intercambio sexual interracial.

Martí llegó con sus versos sencillos, precedentes legítimos de los “Cantares” de Antonio Machado; también con sus versos libres, crónicas de Nueva York o sus historias infantiles que el lector puede transformar en páginas de adultos.

También enriquecieron otras formas de incluir la desavenencia social en versos muy potentes como los de Nicolás Guillén con su poesía negroide, llena de metáforas y cánticos sociales que todavía son capaces de encender.

Hay otros momentos más, pero no hay espacio para contarlos.

Fue el Grupo Orígenes quien implantó “lo cubano en la poesía”.

Reunió a un grupo de jóvenes de entonces (a finales de los años cuarenta y durante todo el cincuenta y sesenta) que escribían no para encender simpatías patrias, sino en honor a la ciencia literaria, esa creadora de una estética que puede ser elogiada o no por seres humanos sensibles al conocimiento.

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