El conflicto en Medio Oriente eleva la incertidumbre y pone a prueba la fortaleza macroeconómica de la región
La escalada militar entre Estados Unidos, Israel e Irán, iniciada el 28 de febrero de 2026, añade presión sobre los mercados internacionales justo cuando América Latina mostraba avances en fortalecimiento macroeconómico. República Dominicana se suma al grupo de economías financieramente integradas que deben gestionar la volatilidad de los flujos de capital.
América Latina había mostrado una importante capacidad de fortalecimiento macroeconómico y financiero antes de la nueva escalada militar en el Medio Oriente. El conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán, iniciado el 28 de febrero de 2026, introdujo un nuevo elemento de incertidumbre sobre los mercados internacionales, los precios de la energía, las tasas de interés y los movimientos de capital. La guerra continúa afectando las expectativas económicas internacionales y ha elevado nuevamente los riesgos asociados con el petróleo, las cadenas de suministro y las condiciones financieras, según.
Los países financieramente más integrados de la región —Brasil, Chile, Colombia, México, Perú y Uruguay— han continuado recibiendo importantes flujos externos. A ellos se incorpora en este análisis la República Dominicana, cuya economía ha incrementado su integración financiera y su capacidad de atraer inversión extranjera directa. La CEPAL registra una diferencia fundamental: la IED suele presentar mayor permanencia porque está vinculada a empresas, instalaciones productivas, infraestructura, servicios y proyectos de largo plazo, mientras que la inversión de cartera y otros movimientos financieros responden con rapidez a cambios en tasas de interés, expectativas cambiarías, precios de activos y riesgo geopolítico.
La experiencia latinoamericana demuestra que los períodos de abundante liquidez internacional pueden convertirse rápidamente en episodios de salida de capitales cuando cambian las expectativas de los inversionistas. Por eso, el debate actual no debe limitarse a cuánto capital recibe la región, sino a qué tipo de capital recibe, durante cuánto tiempo permanece y qué capacidad tienen las economías para soportar una eventual reversión. La estrategia regional debe orientarse a incrementar la calidad y permanencia de la inversión extranjera, más que simplemente aumentar su volumen.
La respuesta latinoamericana frente a las influencias desestabilizadoras debe sustentarse en cinco pilares: disciplina fiscal, reservas internacionales adecuadas, flexibilidad cambiaría, supervisión de los riesgos financieros y una política activa de atracción de IED vinculada al desarrollo productivo. El verdadero desafío no consiste en impedir que el capital salga, porque ello es imposible en economías abiertas, sino en lograr que, cuando las condiciones internacionales se deterioren, las salidas no provoquen una crisis cambiaría, bancaria o fiscal. En última instancia, la estabilidad externa de América Latina dependerá menos de la cantidad de capital que ingrese en los años favorables y más de la capacidad de sus economías para resistir cuando ese capital deje de llegar.











