Un libro revela cómo el régimen haitiano acumuló propiedades mientras oprimía a los dominicanos
El historiador Olivier Batista Lemaire documenta en su libro Historia Social de la Dominación Haitiana (1822-1844) que Jean-Pierre Boyer, el dictador que sometió a los dominicanos durante 22 años, adquirió dos propiedades en el territorio que hoy es República Dominicana, una de ellas en la emblemática calle El Conde.
La noticia, que ha comenzado a circular en círculos académicos y redes sociales, rescata el testimonio del cónsul británico Charles Mackenzie, quien en 1826 llegó a Puerto Príncipe y luego cruzó la frontera hacia el Santo Domingo Español. En su libro Notas sobre Haití, Mackenzie describe su asombro por la belleza del Cibao y el trato afable de los criollos, pero también evidencia la opresión que ejercía el régimen de Boyer sobre la población dominicana.
Según Batista Lemaire, Boyer compró una casa de dos plantas en la calle El Conde número 24 por 220 Lourdes, una propiedad que perteneció a un criollo que debió expatriarse. Además, encomendó la construcción de otra vivienda en las riberas del Yaque del Norte, en Santiago. Estas adquisiciones reflejan un patrón de acumulación de bienes por parte de los militares haitianos, que saquearon su propio país durante el siglo XIX y extendieron sus prácticas al territorio dominicano.
Boyer, quien llegó a poseer unas 30 casas en Haití, cuatro viviendas en Puerto Príncipe y hasta una fábrica de ron, nunca residió en sus propiedades dominicanas. En 1843, un golpe de estado lo derrocó, llevándolo primero a Jamaica y luego a París, donde murió. Su historia resuena hoy como un recordatorio de las tensiones históricas entre ambas naciones y de cómo el pasado sigue influyendo en la percepción mutua.
Este hallazgo histórico invita a reflexionar sobre el patrimonio cultural y la memoria colectiva dominicana, especialmente en un contexto donde la diáspora y las nuevas generaciones buscan entender sus raíces. La casa de Boyer en El Conde, aunque ya no existe, se convierte en un símbolo de resistencia y de la lucha por la soberanía nacional, un tema que sigue vigente en el debate público y en las relaciones bilaterales con Haití.












