En un mundo dominado por las redes sociales, cada vez más individualista y menos tolerante, hemos desarrollado una peligrosa certeza: creemos saberlo todo. Opinamos sobre política, economía, educación, medioambiente, salud, justicia e incluso sobre la vida de los demás como si contáramos con toda la información y poseyéramos la verdad absoluta. Nos cuesta detenernos ante una posibilidad sencilla, pero fundamental: desconocemos parte de los hechos y podemos estar equivocados.
Esta actitud debilita nuestra capacidad para convivir y dialogar. Ya no hace falta que alguien nos insulte para sentirnos atacados; basta con que piense diferente. Escuchamos para preparar una respuesta, no para comprender. Mientras la otra persona habla, buscamos cómo desmontar su argumento y, si no lo conseguimos, cuestionamos su carácter o sus intenciones. Hemos pasado de confrontar ideas a enfrentarnos entre nosotros, y de conversar para aprender a discutir para ganar.
Las redes sociales amplifican esta conducta. Todos tenemos una tribuna y podemos encontrar comunidades que validen nuestras creencias. Leemos un titular y asumimos una posición, vemos algunos videos y creemos dominar un tema, seguimos a alguien con miles de seguidores y confundimos popularidad con conocimiento. Mientras tanto, el algoritmo nos muestra cada vez más contenido parecido al que ya consumimos, reforzando nuestras certezas y reduciendo el contacto con otras perspectivas.
Así construimos burbujas en las que compartimos aquello que confirma nuestras ideas y rechazamos lo que las cuestiona. Después de escuchar versiones similares de la realidad una y otra vez, empezamos a creer que son las únicas posibles. Cuando aparece una opinión distinta, dejamos de preguntarnos de dónde viene y sentimos la necesidad de demostrar que está equivocada.
El problema no termina en internet. Esta forma de relacionarnos llega a las conversaciones familiares, los espacios de trabajo, las aulas y los debates públicos. Cuando confundimos una opinión con una verdad absoluta, dejamos de escuchar y aprender. Las diferencias se convierten en amenazas, los desacuerdos en conflictos personales y los acuerdos parecen cada vez más lejanos. Una sociedad en la que todos quieren tener la razón, pero nadie revisa sus ideas, termina siendo incapaz de escucharse y avanzar.
Por eso necesitamos recuperar el valor del debate. Debatir no significa gritar más fuerte, imponer una posición ni demostrar quién es más inteligente. Significa sentarnos frente a alguien que piensa distinto, escuchar sus razones, defender las propias con argumentos y aceptar que esa persona puede saber algo que nosotros desconocemos. Puede tener mejores datos, otra experiencia o una perspectiva que nunca habíamos considerado.
Para desarrollar esa capacidad, las escuelas y universidades deben fomentar el debate, la oratoria, la investigación y los ejercicios que permitan defender posiciones distintas a las propias. También es necesario aprender a verificar fuentes, distinguir la información de la opinión y reconocer los límites de lo que sabemos. Pero esta tarea no corresponde solo a las nuevas generaciones. Los adultos también debemos reaprender a escuchar, preguntar antes de juzgar, contrastar información y reconocer un buen argumento, incluso cuando proviene de alguien con quien no solemos estar de acuerdo.
En la vida cotidiana podemos empezar por recuperar la curiosidad y aceptar que siempre hay algo que todavía no sabemos. Antes de compartir un titular, podemos leer más allá de la primera línea; antes de defender una posición, consultar fuentes diversas; y antes de descartar una opinión, intentar comprender qué experiencia o información la sostiene. También podemos buscar perspectivas distintas, hacer preguntas genuinas y permitirnos decir “no lo sé” sin sentir que eso nos hace menos capaces. La próxima vez que debatamos, escuchemos para aprender, no para vencer, y dejemos abierta la posibilidad de descubrir algo nuevo o incluso de cambiar de opinión.
Reconocer que no lo sabemos todo no nos debilita. Nos hace más humanos, responsables y capaces de construir algo juntos.
Por Elizabeth Mena












