Retomamos el tema esbozado en la entrega anterior motivados por el interés de continuar el esfuerzo por comprender el hecho orgánico y fisiológico denominado percepción visual.
El abordaje de lo estético ha transitado distintos ámbitos: desde la filosofía, como esfuerzo prominentes pensadores por explicar este tipo particular de interacción y sus resultados (las artes); desde la religión, interesada en regularlas desde sus preceptos y para sus fines; y desde los talleres de los artistas, urgidos en renovar las ideas que les posibilitaran reformular sus oficios, aportando doctrinas nuevas y rectoras —o derivadas— de sus formas básicamente particulares de interactuar, conocer y expresar estéticamente la experiencia ante la realidad, la sociedad, las ates y ellos mismos.
En esta ocasión asistimos a una aspiración: intuir las claves básicas o, con suerte, las maestras que actúan o pueden actuar como los fundamentos objetivos de la incidencia de la percepción visual sobre las artes y la relación estética, entendidos como modos particulares de diálogos, construcciones e interrelaciones.
Generalmente se entiende la percepción visual como la acción mediante la cual se capta el mundo, la diversidad de la existencia propia y la interactividad social desde sujetos dados.
La doctrina de la percepción contiene en sí el presupuesto de que el sujeto es el centro de la experiencia.
Desde este punto de vista, constituye un modelo procesal de interconexión empírica entre factores dialogantes.
Estos son: sujeto y realidad, sujeto y sociedad, y sujeto y consciencia.
Como se puede apreciar, el sujeto es el factor constante: inicia, intermedia o cierra los vínculos.
Y como el sujeto es, también, naturaleza, se podría argüir que la relación estética es un tipo particular de diálogo del sujeto consigo mismo: como individuo, naturaleza o colectivo.
Quizás esta noción fue intuida y racionalizada desde los orígenes de las teorías sobre el arte.
Sócrates, Platón y Aristóteles, en la antigüedad griega; Immanuel Kant, en la Ilustración alemana y Hegel en el idealismo (incluso anti romántico), comprendieron que en este tipo particular de relación el sujeto interactúa con una sustancia apropiada por el espíritu.
Continuar meditando y conociendo al respecto nos resulta imprescindible.
Especialmente a la luz de los hallazgos y postulados de las Neurociencias.
Desde esta disciplina, autores activos observan que las regiones de la corteza cerebral tradicionalmente asociadas a la percepción visual “se consideran parte de la Red Neuronal por Defecto” (RND —o DMN, por sus siglas en inglés—), como vimos en la entrega anterior.
Agregan que esta DMN ocupa casi la quinta parte —“alrededor del 19%”— de la superficie cortical, según la definición de DMN que los autores del ensayo en cuestión adoptaron de Alexander Schaefer y colaboradores, cuyas apreciaciones fueron publicadas por “Cerebral Cortex”, en septiembre, número 28: 3095-3114 de 2018, todavía en línea.
De tal manera, la DMN o RND es “mayor que la de las áreas visuales del lóbulo occipital y temporal” topográficamente organizadas y representa alrededor del 16% de su volumen.
Los investigadores lamentan que pese a “su tamaño y papel potencialmente importante” se sepa relativamente poco sobre cómo se organizan e interconectan a escala gruesa y fina.
“Grosso modo” y según Casey Paquola y colaboradores (“Nature Neuroscience”, 28 de enero, 2025), «A escala gruesa, la RND se organiza como una red de nodos distribuidos que operan de forma sincronizada, principalmente en las cortezas frontal, parietal y temporal», en tanto que a escala fina o microescala: «destaca por su increíble heterogeneidad y complejidad arquitectónica», de la cual deriva su diversidad, flexibilidad y multiplicidad de —en términos computacionales— entradas y salidas; impresiones y reacciones, e interrelaciones: sujeto-objeto; sujeto-sujeto y sujeto-sociedad, para dar como resultado lo que se podría designar la comprensión recomprendida y la reacción reformulada sobre el objeto-reobjetuado (arte) por el sujeto individual que mediante este diálogo estético deviene en otro; en sujeto resocializado.
Como se aprecia, su función es relevante porque en vez de obrar pasivamente ante los estímulos visuales, la DMN permite “leer” los estímulos y “reaccionarlos” de varias, diversas y simultáneas formas.
Según los precitados autores, entre ellas destacan: a) Procesamiento vertical descendente: en vez de registrar pasivamente lo que captan los ojos, aporta contexto interno —memoria, semántica, expectativas y estados emocionales— para moldear y dar sentido a lo percibido; b) Predicción frente a la novedad o modelo predictivo: cuando el cerebro recibe estímulos visuales inesperados, la actividad de la DMN cambia para intentar interpretar la escena basándose en experiencias previas.
En la entrega anterior postulamos que la relación estética y el arte son construidos y leídos desde percepciones, reacciones y perspectivas diversas, caracterizadas por la emotividad, la apertura, la tolerancia, la experiencia y el conocimiento del objeto bajo la pretensión de un sujeto autoconsciente; c) Desacoplamiento sensorial.
Los autores lo plantean como un proceso que implica la «abstracción», un concepto que explican alegando que “Dado que la DMN procesa información muy alejada de los estímulos visuales concretos…, permite generar imágenes mentales, soñar despiertos y recordar eventos pasados, bloqueando temporalmente la información visual del entorno para priorizar el pensamiento interno”; esto es, trascendiendo la inmediatez.
Se debe analizar cuidadosamente si esto constituye y define los procesos de la inventiva; si confiere fundamento biológico a la “poiesis” y a la creatividad.
Este desacoplamiento respecto a la fuente del estímulo sería, a la vez, el factor desencadenante de la libertad conferida a estos diálogos, a estas praxis y a la diversidad de sus factores dialogantes.
Como se ha dicho, sería un acoplamiento “no predictivo” respecto a cualquiera de sus factores desencadenantes o aspiracionales: una dialéctica entre objetividad, interioridad, personalidad y experiencia.
Un fascinante proceso que permitiría intuir la vitalidad de su relevancia.
d) Codificación espacial abstracta.
Se trata de otro aspecto definitorio de la incorporación de la realidad como paisaje interior.
Los autores afirman que “Estudios de neuroimagen han observado que la DMN codifica el espacio visual mediante patrones de supresión de actividad”.
Es lo que permite que la percepción y la representación del paisaje no se limite a incluir la experiencia del sujeto frente a los estímulos ni, tampoco, sus reacciones instintivas ante él.
Como resultado, posibilita la reorganización de los estímulos espaciales ejecutada desde dentro, propiciando que la DMN funcione como “región visual de muy alto nivel”.
A través de ella el sujeto “mapea el mundo exterior de forma abstracta” y, para prevenir limitarse a los significados de las informaciones recibidas mediante sensaciones, lo integra a sus propios pensamientos, enriqueciendo y reformulando la densidad percibida.
Gracias a esto puede ver, pensar y expresar el mundo mapeado no como es, sino como desea, necesita o puede.
Ante consideraciones y evidencias científicas de esta naturaleza, podríamos inferir que esta posición jerárquica dominante de la DMN la constituye en el puente fundamental entre lo que el mundo exterior “muestra y la interpretación narrativa y reflexiva que hacemos de él”.
Un aspecto que constituiría un modelo interactivo de fundamental importancia para la creatividad vinculada a la percepción, esto es: derivativa de la experiencia, la emoción, la resemantización y la empiria.
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