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Educacion

Educar para la tolerancia

Mi hijo mayor sufrió una caída siendo un preadolescente y duró varios días cojeando de una pierna.

Un día llegó de sus clases a la casa y me confesó que una compañera del colegio le hacía bullying (acoso escolar) por eso.

No sabía qué hacer para detenerla, porque la niña era insistente con las burlas.

Mi consejo fue que ella “no le arrancaría un pedazo” con lo que dijera y que ignorarla era la mejor manera de manejarlo, a menos que pasara a la agresión física.

Si eso ocurría, le sugerí que me lo comunicara para enterar a las autoridades educativas, porque no era aconsejable nunca responder a la violencia con violencia.

Pues la lesión de mi hijo resultó ser más grave de lo que suponía y hasta ameritó una cirugía.

Tuvo que tomar sus exámenes finales en una silla de ruedas.

Al final del curso, me informó que la niña, al verlo en esa condición, le pidió disculpas por haberlo maltratado verbalmente durante todo ese tiempo.

La madre de Stephora Anne-Mircie Joseph confesó que su hija se convirtió en modelo para protegerse del acoso escolar.

La niña de 11 años, de ascendencia haitiana, falleció ahogada el 14 de noviembre del año pasado durante la excursión a una hacienda para estudiantes que pertenecían al cuadro de honor del Colegio Leonardo Da Vinci de Santiago.

Loveli Raphael contó que Stephora quería incluso cambiarse el color de la piel, ya que niños y niñas le gritaban improperios en el centro educativo.

El modelaje fue una estrategia para aumentar su lacerada autoestima.

En una de sus prácticas de ese pasatiempo, la niña escribió incluso un ensayo sobre la igualdad de las personas y el valor del ser humano ante Dios, sin importar su origen étnico.

La tolerancia es un preciado valor universal vinculado al respeto y a la cultura de paz que deben prevalecer en cualquier sociedad.

EXTERNA Cuando el trágico suceso se conoció, días después salió a relucir un detalle que ha quedado en nebulosa.

Que algunos de sus compañeros adolescentes del centro educativo la vieron luchando en el agua de la piscina para evitar ahogarse, pero se mostraron indiferentes y ni siquiera pidieron ayuda.

Seis meses después de este caso que parece diluirse por el desinterés judicial que parece apostar al olvido, en lugar de profundizar hasta encontrar todas las respuestas, otro más escalofriante han querido someterlo a una injustificable indiferencia.

Se trata de la muerte de una adolescente haitiana de 14 años en un centro de acogida del Consejo Nacional para la Niñez y Adolescencia (Conani), ubicado en el municipio San Antonio de Guerra, de la provincia Santo Domingo.

Según la investigación preliminar, otras tres menores recluidas en el centro llevaron con un ardid a la adolescente a un baño donde la derribaron al suelo y, mientras dos la sujetaban, la tercera usó un pantalón para asfixiarla.

La espeluznante narración del crimen parece sacada de una película de terror, mucho más porque resulta difícil creer que menores de edad protagonicen tal atrocidad.

Asombra incluso la poca relevancia que le han dado al caso en medios de comunicación, donde estamos tan acostumbrados a leer y escuchar con sucesos similares términos como “conmoción”, “consternación”, “indignación”, refrescados incluso el mes pasado con la excarcelación del principal acusado de asesinar al niño José Rafael Llenas Aybar, después de cumplir una condena de 30 años de prisión.

El bajo perfil del crimen resulta inexplicable porque, al igual que en el caso Stephora, hay un trasfondo inquietante: la frecuencia con que niños, niñas y adolescentes incurren actualmente en atrocidades que antes eran más propias de la gente mayor.

Como en el caso Stephora, surge nuevamente la inquietud también por el cumplimiento de los protocolos en centros educativos y en instituciones como Conani, donde menores de edad deberían estar más seguros hasta que en sus propias casas.

El otro ingrediente que a mí particularmente más me preocupa es si padres y madres están educando a sus hijos e hijas para la tolerancia.

Si se hurga en la definición de este término en diversos diccionarios coinciden en que se refiere a la capacidad de permitir o aceptar las ideas, preferencias, creencias, orígenes raciales o étnicos, formas de pensamiento o comportamientos de las demás personas.

Es un preciado valor universal vinculado al respeto y a la cultura de paz que deben prevalecer en cualquier sociedad.

Hay padres y madres que alegan sobre los inconvenientes de criar a sus vástagos como ovejas para soltarlos en medio de lobos o a un matadero.

He conocido a progenitores que incluso han inscrito a sus niños y niñas en escuelas de artes marciales para que aprendan a defenderse.

El otro ingrediente preocupante es si padres y madres están educando a sus hijos e hijas para la tolerancia.

EXTERNA Aunque intentemos tapar el sol con un dedo, otro motivo en las muertes de estas adolescentes haitianas pudo ser el racismo tan arraigado como una cruel expresión de intolerancia, alimentado ahora por la abundante basura que reciben niños y niñas por redes sociales, sin las restricciones y el filtro de padres, madres y tutores.

Quiero cerrar esta reflexión dominical con una vivencia del pasado miércoles.

Estaba degustando un café en un supermercado que tiene ese servicio.

Del otro lado de un cristal, una niña haitiana de unos siete años esperaba a que su madre sacara la compra de un carrito.

La infante me sacó la lengua, no como un gesto juguetón, sino burlón.

La segunda vez que lo hizo le devolví la mueca con una sonrisa.

No lo hizo más.

Quizás cualquier otro niño o niña de su edad y hasta un adulto no hubiese tolerado ese gesto irrespetuoso, porque simplemente no se enseña en los hogares a ser tolerantes.

El escrito francés Víctor Hugo dijo que “La tolerancia es la mejor religión” y el poeta estadounidense Walt Whitman reflexionó al respecto que “Cuando conozco a alguien no me importa si es blanco, negro, judío o musulmán.

Me basta con saber que es un ser humano”.

En el caso de los menores de edad tienen una única nacionalidad que se llama “niñez” o “adolescencia”.

Sobre mi hijo mayor que mencioné al principio del artículo, ahora con 32 años, debo contarles, amables lectores, que la tolerancia es parte de su ADN.

Escucha las opiniones de los demás de una manera serena, expone las propias sin tan siquiera levantar la voz y guarda silencio cuando sabe que aporta más a la paz que una respuesta hiriente.

Porque como razonó también Hellen Keller, escritora, oradora y activista política sordociega norteamericana: “El resultado máximo de la educación es la tolerancia”.

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