La vuelve a prepararse para una de esas que periódicamente son anunciadas como el comienzo de una nueva era.
Regresan las comisiones, las consultas, los diagnósticos, los expertos y las , mientras el país, acostumbrado a esperar, se pregunta si esta vez la piedra alcanzará la cima o si volverá a rodar por la misma pendiente de siempre.
La frase «la que ha de venir» encierra, por eso, una esperanza atravesada por la ironía, porque desde hace décadas cada anuncia que la verdadera está a punto de comenzar.
Cambian los nombres, se reorganizan las estructuras, se aprueban planes y se redactan documentos solemnes, pero en las aulas permanecen el , la , las y una gestión desprovista de efectiva.
De ahí la necesidad de invocar a para que aleje de la reforma el , condenado a empujar eternamente una roca que nunca permanece en la cima.
La no carece de investigaciones, estadísticas ni diagnósticos sobre su realidad educativa, porque , , organismos internacionales y especialistas han documentado ampliamente las debilidades del sistema.
Sabemos dónde faltan aulas, dónde se concentran los peores resultados, cuáles deficiencias arrastra la y cómo las y condicionan el ; sin embargo, entre saber y transformar continúa levantándose una muralla aparentemente infranqueable.
constituyen una dolorosa demostración de esa distancia, pues durante más de una década su ha permanecido en los últimos lugares de las.
Los estudios del e Investigación de la Calidad Educativa han permitido conocer la magnitud del rezago, pero la reiteración del diagnóstico no ha producido una intervención proporcional a la gravedad del problema ni una sostenida en el tiempo.
La reforma anunciada mediante el podría representar una oportunidad si procura articular los distintos niveles del sistema, la , la educación superior, la ciencia, la innovación y el.
Sin embargo, esa reorganización corre el riesgo de convertirse en otro ejercicio administrativo si evita las zonas incómodas donde se concentran los obstáculos reales: , intereses corporativos, falta de consecuencias, deficiente supervisión y ausencia de responsabilidades claramente establecidas.
También sería insuficiente una que describa con elegancia el deseado, pero deje intactas las que impiden construirlo, porque las leyes no enseñan por sí solas, ni administran centros, ni forman docentes, ni garantizan disciplina.
Toda deberá tocar igualmente el corazón del proceso educativo: la de quienes enseñan.
El tránsito cultural de maestro y maestra a puede parecer una variación semántica, aunque también refleja una modificación profunda en la manera de concebir el oficio, cada vez más asociado al , el horario, el salario y las reivindicaciones laborales, mientras pierde terreno aquella misión formadora entendida como una especie de sacerdocio laico.
Reconocer esa pérdida de espíritu no implica negar los derechos conquistados por el magisterio ni reclamar docentes sacrificados y mal remunerados, porque ninguna debe utilizarse como pretexto para justificar precariedades.
Significa comprender que el , aunque indispensable, no puede sustituir el con los estudiantes, del mismo modo que un tampoco garantiza las aptitudes, los conocimientos y la sensibilidad humana necesarios para formar a las nuevas generaciones.
La reiterada reprobación en los obliga, además, a examinar la calidad de la y la responsabilidad de las instituciones que entregan títulos sin asegurar las competencias correspondientes.
La reforma deberá incorporar a las , al , a la , a , a los directores, a las familias y a las organizaciones sociales, asignando a cada actor responsabilidades verificables, porque convocarlos únicamente para legitimar decisiones previamente elaboradas convertiría la consulta en espectáculo.
También deberá establecer una relación transparente entre y resultados, debido a que el destinado a la educación constituyó una conquista social que no puede reducirse a nóminas, edificaciones inconclusas, programas dispersos y estadísticas triunfalistas.
El contribuyente tiene derecho a conocer cuánto se invierte, dónde se invierte, cuáles metas fueron alcanzadas y quién responde cuando los recursos consumidos no se traducen en mejores aprendizajes ni en dignas.
La que ha de venir necesita, en consecuencia, comenzar con una y continuar con una capaz de convertir el conocimiento acumulado en acción transformadora.
Ojalá mantenga lejos de ella las , las consultas aparentes, las soluciones chapulinescas y el triunfalismo oficial, porque si vuelven a imponerse, Sísifo empujará nuevamente la piedra mientras el país, esperando y esperando, seguirá sin ver que le pongan la soga..












