La administración del presidente estadounidense Donald Trump cree que el estatus del dólar como moneda de reserva ha inclinado el terreno de juego global en contra de Estados Unidos y ha socavado la competitividad del país.
Aunque se equivoca respecto al dólar, la Casa Blanca tiene razón sobre un asunto que los economistas —quienes, a diferencia de los votantes, abstraen los efectos distributivos del tipo de cambio— suelen ignorar.
A medida que se acercan las elecciones de medio término de noviembre, la administración necesita un giro de política si quiere alcanzar sus objetivos de reequilibrio y fortalecer la economía estadounidense.
Sin duda, el papel global del dólar, manteniendo todo lo demás constante, incrementa su valor, pero también hace que Estados Unidos mantenga déficits en cuenta corriente más grandes de lo que tendría de otro modo.
Pero centrarse únicamente en los desafíos de una moneda de reserva pasa por alto sus beneficios y, de manera importante, las herramientas de política no arancelarias que pueden abordar los efectos secundarios internos, el impulso detrás de los aranceles del “Día de la Liberación” de Trump, que buscaban frenar las importaciones y promover las exportaciones.
Los economistas han respondido a las preocupaciones de la administración Trump sobre las líneas swap de la Reserva Federal estadounidense con bancos centrales extranjeros argumentando que son una característica, y no un defecto, de la posición del dólar, que requiere que Estados Unidos suministre dólares cuando sea necesario.
También han señalado que, aunque los déficits en cuenta corriente pueden estar asociados con un dólar fuerte, Estados Unidos ha tenido grandes desequilibrios comerciales, con la consiguiente preocupación, incluso cuando el valor del dólar en los mercados cambiarios ha sido relativamente bajo.
En cambio, los economistas enfatizan el “privilegio exorbitante” del dólar, incluidos menores costos de endeudamiento y la capacidad de imponer sanciones financieras a adversarios geopolíticos.
Además, sostienen que los aranceles no son una respuesta eficaz al impacto del dólar sobre las exportaciones estadounidenses porque elevan los costos manufactureros internos (aproximadamente la mitad de las importaciones estadounidenses son bienes intermedios) y no reducen los desequilibrios macroeconómicos que impulsan el déficit comercial general.
Estos argumentos son correctos, pero también incompletos.
De hecho, las preocupaciones de Trump reflejan una cuestión crucial de economía política: las implicaciones distributivas del dominio del dólar.
Para entender por qué, consideremos el mandato de Robert E.
Rubin como secretario del Tesoro de Estados Unidos durante la administración Clinton.
Su lema era que “un dólar fuerte es bueno para Estados Unidos”.
Podría haber estado refiriéndose a las características de la economía estadounidense que sustentan el estatus del dólar, como la estabilidad institucional y política y los profundos mercados financieros.
Cualquiera que fuera el significado exacto, su postura reflejaba la visión predominante en Wall Street, que se beneficiaba del dólar más fuerte implícito en el estatus de moneda de reserva.
Pero, pese a todos los beneficios que reciben los financieros y consumidores, un dólar más fuerte dificulta que la industria estadounidense compita globalmente, en detrimento del empleo industrial, los ingresos y las comunidades.
La posición de Trump recuerda así el tira y afloja político de 1925 en el Reino Unido sobre el retorno de la libra esterlina a su tipo de cambio previo a la Primera Guerra Mundial bajo el patrón oro.
A pesar de apoyar los intereses financieros y la libra fuerte, el entonces ministro de Hacienda Winston Churchill dijo: “Preferiría ver unas finanzas menos orgullosas y una industria más satisfecha”.
La agenda económica de Trump reconoce los efectos adversos de la globalización y los avances tecnológicos sobre ciertas partes de la sociedad estadounidense, en contraste con el énfasis de los economistas en los promedios y los beneficios generales.
Pero Trump pasa por alto la sencilla idea de que existen más —y mejores— maneras de ayudar a la manufactura estadounidense y a los trabajadores que han quedado rezagados que simplemente mediante un dólar más débil.
Tiene a su disposición varios instrumentos de política que pueden responder a las preocupaciones de estos votantes y ayudar a alcanzar los objetivos de su administración mientras preserva el apoyo al papel del dólar como moneda de reserva.
Para empezar, la administración puede respaldar un sector industrial sólido aumentando el financiamiento público para la investigación básica, que impulsa la tecnología, y una red de centros de investigación aplicada para difundir avances en los procesos industriales.
Agilizar las aprobaciones regulatorias para la construcción y la transmisión eléctrica también será crucial.
En segundo lugar, para ayudar a los trabajadores a desarrollar nuevas habilidades, la administración podría canalizar más recursos hacia los colegios comunitarios, mientras que una ampliación sustancial del Crédito Tributario por Ingreso del Trabajo aumentaría las recompensas por trabajar.
Por último, una ayuda más focalizada basada en regiones podría ayudar a aquellas áreas que enfrentan graves disrupciones derivadas de la globalización y la tecnología.
Al centrarse en los problemas asociados con un dólar más fuerte, Trump y sus asesores económicos han planteado una vieja pregunta de una nueva manera.
Su error es insistir en responderla con el instrumento equivocado.
Debilitar el dólar, incluso erosionando la previsibilidad de las políticas y las instituciones económicas que sustentan su hegemonía, agravará las presiones de asequibilidad que enfrentan muchos estadounidenses y perjudicará la posición fiscal del país.
La pregunta ahora es si la administración verá la necesidad de un giro de política a tiempo para influir en las elecciones de medio término.
Glenn Hubbard, expresidente del Consejo de Asesores Económicos de Estados Unidos bajo el presidente George W.
Bush, es profesor de Economía y Finanzas en la Universidad de Columbia.
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