Para empezar, en República Dominicana no existen ni izquierdas ni derechas.
Eso murió en 1978, cuando Joaquín Balaguer salió del poder tras 12 años de una cruda Guerra Fría interna, en la que murieron cientos de jóvenes idealistas, así como militares y policías que cumplían con su deber.
Cuando Antonio Guzmán y Salvador Jorge Blanco gobernaron el país, la mayoría de esos grupos y comandos de resistencia que combatieron al caudillo colorao se plegaron a las bonanzas del Estado y guardaron a Marx y a Lenin debajo de una alfombra.
Tanto Danilo Medina como Leonel Fernández crecieron en la política admirando a Juan Bosch, quien a su vez admiraba a Ho Chi Minh, líder de Vietnam y el «cuco» estadounidense.
Rafael Abinader, fenecido padre del actual presidente de la República Dominicana, Luis Abinader, fue ministro de Finanzas durante la gestión de Francisco Alberto Caamaño Deñó, quien era considerado un «comunista» por Estados Unidos y por buena parte de la derecha dominicana.
Joaquín Balaguer era de «derechas», pero en secreto admiraba a Fidel Castro y hasta ayudó más al dictador cubano que el mismo Partido Revolucionario Dominicano (PRD) en el poder; algo dicho por el propio tirano de piel roja, y en las narices de José Francisco Peña Gómez.
Nada de eso ha cambiado en la actualidad.
Ahora vemos una especie de «groupies» queriendo imitar al presidente argentino Javier Milei, con eso de achicar el Estado dominicano y autodenominarse «libertarios».
Son los mismos revisionistas que, con descarada sinvergüencería, afirman que Benito Mussolini, fundador del fascismo, y Adolf Hitler, fundador del nacionalsocialismo o nazismo, eran de izquierdas; solo porque un tal Axel Kaiser en Chile escribió un libro defendiendo esa tesis y repite sin cesar semejante interpretación.
Además, como el término «nacionalsocialismo» contiene la palabra «socialismo», algunos concluyen que eso basta para resolver el debate.
Después de todo, parece más fácil ignorar la historia que estudiar cómo los movimientos políticos captan sectores populares para construir poder.
Y ni hablar de los «izquierdistas» financiados por la USAID, ni de los buscadores de carguitos en el gobierno del PRM, que pasaron 16 años proclamándose los más serios y moralistas.
Hace tiempo que dejaron caer sus máscaras.
Hace mucho aprendí que el dominicano no es como el peruano, el chileno o el argentino, para mencionar tres países donde sí existen corrientes ideológicas más marcadas y reconocibles.
Allí, figuras como Keiko Fujimori o Pedro Castillo en Perú, por ejemplo, han dividido a la población entre visiones políticas claramente enfrentadas.
El dominicano tiene una sola ideología verdaderamente transversal y generalizada: el dinero.
Aquí las doctrinas cambian, los discursos se reciclan y las banderas se intercambian; pero la mayoría termina marchando hacia el mismo altar.
No el de Marx, ni el de Hayek, ni el de Lenin o Stalin.
El altar del presupuesto nacional.
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